Bacterias en la música

agosto 28, 2011

Schönberg era consciente de la existencia de esa bacteria. Ya en 1930 escribía: «La radio es un enemigo, un despiadado enemigo que avanza irresistiblemente y contra la que toda resistencia es vana»; la radio, «sin sentido alguno de la medida, nos atiborra de música (…), sin preguntarse si queremos escucharla, si tenemos la posibilidad de percibirla», de tal manera que la música pasa a ser un simple ruido, un ruido entre otros ruidos.

La radio fue el pequeño arroyo en el que todo empezó. Llegaron después otros medios técnicos para reproducir, multiplicar, aumentar el sonido, y el arroyo se convirtió en un inmenso río. Si antaño se escuchaba música por amor a la música, hoy aúlla constantemente por todas partes «sin preguntarse si queremos escucharla», aúlla por altavoces en los coches, en los restaurantes, en los ascensores, en las calles, en las salas de espera, en los gimnasios, en las orejas taponadas por los walkman; música reescrita, reinstrumentada, acortada, desgajada, fragmentos de rock, de jazz, de ópera, flujo en que todo se entremezcla sin que se sepa quién es el compositor (la música convertida en ruido es anónima), sin que se distinga el principio del fin (la música convertida en ruido no sabe de formas): el agua sucia de la música en la que muere la música.

Capítulo 39 – La Ignorancia, Milan Kundera


Matemáticas de la memoria II

agosto 28, 2011

…se esforzó en revivir la imagen de su mujer, pero le afligió la indigencia del resultado. Ella tenía una decena de sonrisas distintas. Obligó a su imaginación a redibujarlas. Fracasó en el intento. Tenía un don para las réplicas graciosas y rápidas que le encantaban. No fue capaz de evocar ni una. Un día se preguntó: si reuniera uno a uno los pocos recuerdos que le quedaban de su vida en común, ¿cuánto tiempo sumarían? ¿Un minuto? ¿Dos minutos?

Éste es otro enigma de la memoria, aún más fundamental que todos los demás: ¿puede medirse el volumen temporal de los recuerdos? ¿Acaso se desarrollan en una duración? 

Capítulo 36 – La Ignorancia, Milan Kundera


Matemáticas de la memoria que inciden en la nostalgia

agosto 28, 2011

Tampoco la memoria es comprensible sin un acercamiento matemático. El dato fundamental radica en la relación numérica entre el tiempo de la vida vivida y el tiempo de la vida almacenada en la memoria. Nunca hemos intentado calcular esta relación y, por otra parte, no disponemos de ningún medio técnico para hacerlo; no obstante, sin grandes riesgos de equivocarme, puedo suponer que la memoria no conserva sino una millonésima, una milmillonésima, o sea una parcela muy ínfima, de la vida vivida. Esto también forma parte de la esencia misma del hombre. Si alguien pudiera conservar en su memoria todo lo que ha vivido, si pudiera evocar cuando quisiera cualquier fragmento de su pasado, no tendría nada que ver con un ser humano: ni sus amores, ni sus amistades, ni sus odios, ni su facultad de perdonar o de vengarse se parecerían a los nuestros. 

Nunca nos cansaremos de criticar a quienes deforman el pasado, lo reescriben, lo falsifican, exageran la importancia de un acontecimiento o callan otro; estas criticas están justificadas, pero carecen de importancia si no van precedidas de una crítica más elemental: la crítica de la memoria humana como tal. Porque la pobre, ¿qué puede hacer ella realmente? Del pasado solo es capaz de retener una miserable parcela, sin que nadie sepa por qué ésa y no otra, pues esa elección se formula misteriosamente en cada uno de nosotros ajena a nuestra voluntad y a nuestros intereses. No comprenderemos nada de la vida humana si persistimos en escamotear la primera de todas las evidencias: una realidad, tal cual era, ya no es; su restitución es imposible.

Me imagino la emoción de dos seres que vuelven a verse después de muchos años. En otros tiempos, se han frecuentado y creen, por lo tanto, que están vinculados por la misma experiencia, por los mismos recuerdos. ¿Los mismos recuerdos? Ahí precisamente empieza el malentendido: no tienen los mismos recuerdos; los dos conservan del pasado dos o tres situaciones breves, pero cada uno las suyas; sus recuerdos no se parecen; no se encuentran; incluso cuantitativamente no pueden compararse: el uno se acuerda del otro más de lo que éste se acuerda de él; primero, porque la capacidad de memoria difiere de un individuo a otro, pero también porque la importancia de uno para el otro no es la misma.

Capítulo 35 – La Ignorancia, Milan Kundera

 


Límites del Tiempo

agosto 28, 2011
El ser humano vive un promedio de ochenta años. Contando con esta duración, cada cual imagina y organiza su vida. Lo que acabo de decir lo sabe todo el mundo, pero pocas veces nos damos cuenta de que el número de años que nos han sido asignados no es un simple dato cuantitativo, una característica exterior (como el largo de la nariz o el color de los ojos), sino que forma parte de la definición misma del hombre. Aquel que pudiera vivir, en la plenitud de sus fuerzas, el doble de tiempo, digamos ciento sesenta años, no pertenecería a la misma especie que nosotros. Nada sería igual en su vida, ni el amor, ni la nostalgia, nada. Si un emigrado, después de vivir veinte años en el extranjero, volviera a su país natal con cien años más ante él, ya no sentiría la emoción del Gran Regreso, probablemente para él ya no sería en absoluto un regreso, tan sólo una más de las muchas vueltas que da la vida en el largo transcurrir de la existencia.
Porque la noción misma de patria, en el sentido noble y sentimental de la palabra, va vinculada a la relativa brevedad de nuestra vida, que nos brinda demasiado poco tiempo para que sintamos apego por otro país, por otros países, por otras lenguas.
Las relaciones eróticas pueden llenar toda la vida adulta. Pero si la vida fuera mucho más larga, ¿no aplacaría el cansancio la capacidad de excitarse mucho antes de que declinara la fuerza física? Porque hay una enorme diferencia entre el primero, el décimo, el centésimo, el milésimo o el enésimo coito. ¿Dónde se situaría la frontera tras la cual la repetición se volviera estereotipada, si no cómica, incluso imposible?. Y, una vez traspasado este límite, ¿qué ocurriría con la relación amorosa entre un hombre y una mujer? ¿Desaparecería? ¿O, por el contrario, los amantes considerarían la fase sexual de su vida como la prehistoria bárbara de un amor verdadero? Contestar a estas preguntas es tan fácil como imaginar la psicología de los habitantes de un planeta desconocido.
La noción de amor (de un gran amor, de un amor único) nació probablemente también con los estrechos límites del tiempo que nos ha sido dado. Si este tiempo no tuviera límites…

Capítulo 34 – La Ignorancia, Milan Kundera


Matemática de la Nostalgia

agosto 28, 2011

Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, más irresistible es la voz que nos incita al regreso. Esta sentencia que parece común, sin embargo es falsa. El ser humano envejece, el final se acerca, cada instante pasa a ser siempre más apreciado y ya no queda tiempo que perder con recuerdos. Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia: ésta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante.

Capítulo 22 – La Ignorancia, Milan Kundera


El Secreto del Amor

agosto 22, 2011

Lo que une a las parejas no es el afecto mutuo que se den, ni los planes construidos a medias llevados a buen término, ni compartir una misma vivienda elegida y decorada a emidas, ni parir hijos, ni nada de eso que sale en las novelas y películas. Lo que une a las parejas es el sentido del humor. Dos personas, por diferentes que sean, si tienen el mismo sentido del humor sobreviven como pareja.

Capítulo 11 de Motor Automático, en Nocilla Lab, Agustín Fernández Mallo.


Plan de vida y carrera

agosto 6, 2011

El episodio es un concepto importante de la Poética de Aristóteles. A Aristóteles no le gustan los episodios. De todos los acontecimientos, según él, los peores son los acontecimientos episódicos. El episodio no es ni una consecuencia indispensable de lo que antecedía ni la causa de lo que seguiría; se halla fuera  de ese encadenamiento causal de acontecimientos que es una historia. Es una simple casualidad estéril que puede ser suprimida sin que una historia pierda su ligazón comprensible, y no es capaz de dejar una huella duradera en la vida de los personajes.

Van ustedes en metro a un encuentro con la mujer de su vida y, un momento antes de la parada en que han de bajar, una joven desconocida, en la que no se había fijado (ya que iban a encontrarse con la mujer de su vida y no se fijaban en nada más) sufre una indisposición repentina, se desmaya y se va a caer al suelo. Como están a su lado, la sujetan y la tienen entre sus brazos unos segundos hasta que ella abre los ojos. La sientan en un sitio que alguien deja libre para ella y, como en ese momento el tren comienza a frenar, se separan de ella casi con impaciencia para bajar y correr tras la mujer de si vida. En ese mismo momento la joven a la que poco antes tenían entre los brazos ya está olvidada. Esta historia es un típico episodio….

….Podemos por lo tanto completar la definición que Aristóteles hace del episodio y decir: ningún episodio está a priori condenado a seguir siendo para siempre episodio, porque cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, esconde dentro de sí la posibilidad de llegar a ser antes o después la causa de otros acontecimientos y  convertirse así en una historia o una aventura. Los episodios son como minas. La mayoría nunca explota, pero precisamente el menos llamativo de ellos se convierte un buen día en una historia que resulta funesta. Va por la calle una mujer que desde lejos le mira con una mirada que le parecerá un tanto alocada. Cuando se le acerca, aminora el paso, se detiene y dice: «¿Es usted? ¡Llevo ya tanto tiempo buscándolo!» y le echa los brazos al cuello. Es aquella joven que cayó desmayada en sus brazos cuando iba usted a encontrarse con la mujer de su vida con la que mientras tanto se casó y tuvo un hijo. Pero la joven que de pronto le encontró en la calle ha decidido enamorarse de su salvador y considerar aquel encuentro casual como una orden del destino. Le llamará cinco veces al día por teléfono, le escribirá cartas, visitará a su esposa y le explicará que lo ama desde hace tanto tiempo que tiene derecho a que sea suyo, hasta el punto de que la mujer de su vida perderá la paciencia, se pondrá tan furiosa que decidirá acostarse con el barrendero y después se marchará de casa con niño y todo. Usted, para escapar de la joven enamorada, que mientras tanto ha trasladado a su piso el contenido de sus armarios, se irá a vivir al otro lado del mar, donde morirá en la desesperación y la miseria. Si nuestras vidas fueran infinitas como la vida de los dioses antiguos, el concepto de episodio perdería sentido, porque en lo infinito cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, encontraría su consecuencia y se desarrollaría hasta formar una historia.

Capítulo 14 de El Cuadrante.  La inmortalidad de Milan Kundera


En el cuadrante equivocado

agosto 6, 2011

Una vez visitó en Nueva York el Museo de Arte Moderno. En la primera planta estaban Matisse, Braque, Picasso, Miró, Dalí, Ernst, y él se sintió feliz. Los trazos del pincel sobre la tela expresaban un gozo salvaje. La realidad era magníficamente violada, como una mujer por un fauno, o se enfrentaba con el pintor como un toro con un torero. Pero cuando subió al piso superior en el que estaban los cuadros de la época más actual, se encontró en medio de un desierto; no había una sola huella de un trazo alegre del pincel sobre la tela; no había huella de goce alguno; habían desaparecido el toro y el torero; los cuadros habían expulsado de sí la realidad o la imitaban con cínica e inane literalidad. Entre ambas plantas fluía el río Leteo, el río de la muerte y el olvido. En aquella ocasión se dijo que su renuncia a la pintura tenía quizás un sentido más profundo que el de la escasez de talento o perseverancia: en el cuadrante de la pintura europea había sonado la medianoche.

Trasladado al siglo XIX, ¿en qué se ocuparía un alquimista genial? ¿Qué pasaría con Cristóbal Colón hoy, cuando las rutas marinas son atendidas por cientos de empresas de transportes? ¿Que escribiría Shakespeare en una época en la que el teatro aún no existe o ha dejado de existir?

Estas no son preguntas retóricas. Cuando el hombre tiene talento para una actividad a la que ya le han sonado las campanadas de medianoche (o aún no le han sonado las de la primera hora), ¿qué ocurre con su talento? ¿Se transforma? ¿Se adapta? ¿Se convierte Cristóbal Colón en director de una empresa de viajes? ¿Escribirá Shakespeare libretos para Hollywood? ¿Producirá Picasso series de dibujos animados? O todos estos grandes talentos se harán a un lado, se irán, por así decirlo, al convento de la historia llenos de cósmica desilusión por haber nacido fuera de tiempo, fuera de la época que es la suya, al margen del cuadrante para cuyo tiempo fueron creados?

Capítulo 7 de El Cuadrante.  La inmortalidad de Milan Kundera


Una nueva vida

agosto 6, 2011

Dicen que la astrología nos hace fatalistas: ¡No te librarás de tu destino! A mi juicio, la astrología (me refiero a la astrología como metáfora de vida) nos dice algo mucho más sutil: ¡No te librarás de tu tema vital! De ello se desprende, por ejemplo, que es una pura ilusión pretender empezar en medio de la vida una «nueva vida» que no se parezca en nada a la anterior, empezar, como suele decirse, desde cero. Su vida estará siempre construida del mismo material, de los mismos ladrillos, de los mismos problemas, y lo que en un primer momento les parece una «nueva vida» resultará muy pronto ser una simulación de la anterior.

El horóscopo se parece a un reloj y el reloj es una escuela de finitud: en cuanto una manecilla escribe un círculo y regresa al punto del que partió, se cierrra una fase. En el cuadrante del horóscopo giran nueve manecillas a diversas velocidades y a cada momento una fase se cierra y otra comienza. Cuando la persona es joven, no es capaz de percibir el tiempo como círculo, sino como un camino que conduce directamente hacia adelante, hacia paisajes permanentemente cambiantes; todavía no intuye que su vida tiene solo un tema; lo comprende en el momento en que su vida empieza a componer sus primeras variaciones.

Capítulo 2 de El Cuadrante.  La inmortalidad de Milan Kundera


La teoría de la casualidad

agosto 4, 2011

Describir y clasificar distintos tipos de casualidades. Por ejemplo: «en el preciso momento en que el profesor Avenarius se sumergía en la piscina para sentir la cálida corriente de agua en su espalda, cayó de un castaño en un parque de Chicago una hoja amarillenta». Esa es una coincidencia casual de acontecimientos, pero no tiene sentido alguno. En mi clasificación la llamo casualidad muda. Pero imagínate que digo: «en el preciso momento en que caía la primera hoja amarillenta en la ciudad de Chicago, el profesor Avenarius se sumergía en la piscina para darse un masaje en la espalda». La frase se vuelve melancólica, porque vemos al profesor Avenarius como anunciador del otoño y el agua en la que se ha sumergido nos parece como si estuviera salada de lágrimas. La casualidad ha dado a los acontecimientos un significado inesperado y por eso la llamo casualidad poética. Pero también puedo decir lo que te he comunicado al verte: el profesor Avenarius se sumergió en la piscina en el preciso momento en que Agnes ponía su coche en marcha en los Alpes. A esta casualidad no se la puede llamar poética porque no le da un sentido especial a tu entrada en la piscina, pero es sin embargo una casualidad muy valiosa a la que denomino contrapuntual. Es como cuando se unen en una pequeña composición dos melodías. Lo sé de mi infancia. Un niño cantaba una canción y al mismo tiempo otro niño cantaba otra canción ¡y las dos combinaban! Y hay además otro tipo de casualidad: el profesor Avenarius bajó al paso subterráneo del metro de Montparnasse en el preciso momento en que allí se encontraba una hermosa mujer que llevaba en la mano una hucha roja. Esa es la llamada casualidad generadora de historias, que adoran los novelistas.

—Me da la sensación —dijo—, de que en la vida humana la casualidad no se rige por el cálculo de probabilidades. Quiero decir con esto que nos ocurren muchas cosas casuales tan improbables que no podemos justificarlas matemáticamente. No hace mucho tiempo iba por una calle totalmente insignificante de un barrio totalmente insignificante de París y me encontré con una mujer de Hamburgo a la que hacía veinticinco años veía casi a diario y a la que luego perdí completamente de vista. Iba por esa calle sólo porque había bajado del metro por error una estación antes. Y ella había venido a pasar tres días en París y se había perdido. ¡Nuestro encuentro tenía una probabilidad en un millón!

—¿Cuál es tu método para calcular la probabilidad de los encuentros entre las personas?

—¿Tú conoces algún método?

—No. Y lo lamento —dije—. Es curioso, pero la vida humana nunca ha sido sometida a investigación matemática. Fíjate por ejemplo en el tiempo. Desearía que existiese un método experimental que mediante electrodos fijos a la cabeza de la gente investigase el porcentaje de su vida que el hombre dedica al presente, el que dedica a los recuerdos y el que dedica al futuro. Así conoceríamos quién es realmente el hombre en relación con el tiempo. Qué es el tiempo humano. Y seguro que podríamos determinar tres tipos básicos de hombre, según la forma de tiempo dominante para él. Y para volver a las casualidades. ¿Acaso podemos decir algo en serio sobre la casualidad en la vida sin una investigación matemática? Pero lamentablemente la matemática existencial no existe.

—La matemática existencial. Una idea excelente…En todo caso, se tratase de una posibilidad en un millón o de una posibilidad en un billón, el encuentro fue absolutamente improbable y precisamente en esa improbabilidad residía su valor. Porque la matemática existencial, que no existe, establecería probablemente la siguiente ecuación: el valor de una casualidad es igual a su tasa de improbabilidad.

—Encontrar inesperadamente en medio de París a una mujer hermosa a la que hacía años no veías… —dije recreándome en la idea.

—No sé por qué supones que era hermosa. Era la encargada de la guardarropía de la cervecería a la que yo iba todos los días y el club de jubilados le consiguió una excursión de tres días a París. Cuando nos reconocimos, nos miramos sin saber qué hacer. Casi con la desesperación que siente un niño sin piernas cuando gana en una tómbola una bicicleta. Como si los dos supiéramos que nos habían regalado una casualidad enormemente valiosa que, sin embargo, no nos iba a servir para nada. Nos parecía que alguien se estaba riendo de nosotros y a los dos nos daba vergüenza.

—A este tipo de casualidades se les podría llamar morbosas —dije—.

Capítulo 4 de La Casualidad.  La inmortalidad de Milan Kundera


Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar