Describir y clasificar distintos tipos de casualidades. Por ejemplo: «en el preciso momento en que el profesor Avenarius se sumergía en la piscina para sentir la cálida corriente de agua en su espalda, cayó de un castaño en un parque de Chicago una hoja amarillenta». Esa es una coincidencia casual de acontecimientos, pero no tiene sentido alguno. En mi clasificación la llamo casualidad muda. Pero imagínate que digo: «en el preciso momento en que caía la primera hoja amarillenta en la ciudad de Chicago, el profesor Avenarius se sumergía en la piscina para darse un masaje en la espalda». La frase se vuelve melancólica, porque vemos al profesor Avenarius como anunciador del otoño y el agua en la que se ha sumergido nos parece como si estuviera salada de lágrimas. La casualidad ha dado a los acontecimientos un significado inesperado y por eso la llamo casualidad poética. Pero también puedo decir lo que te he comunicado al verte: el profesor Avenarius se sumergió en la piscina en el preciso momento en que Agnes ponía su coche en marcha en los Alpes. A esta casualidad no se la puede llamar poética porque no le da un sentido especial a tu entrada en la piscina, pero es sin embargo una casualidad muy valiosa a la que denomino contrapuntual. Es como cuando se unen en una pequeña composición dos melodías. Lo sé de mi infancia. Un niño cantaba una canción y al mismo tiempo otro niño cantaba otra canción ¡y las dos combinaban! Y hay además otro tipo de casualidad: el profesor Avenarius bajó al paso subterráneo del metro de Montparnasse en el preciso momento en que allí se encontraba una hermosa mujer que llevaba en la mano una hucha roja. Esa es la llamada casualidad generadora de historias, que adoran los novelistas.
—Me da la sensación —dijo—, de que en la vida humana la casualidad no se rige por el cálculo de probabilidades. Quiero decir con esto que nos ocurren muchas cosas casuales tan improbables que no podemos justificarlas matemáticamente. No hace mucho tiempo iba por una calle totalmente insignificante de un barrio totalmente insignificante de París y me encontré con una mujer de Hamburgo a la que hacía veinticinco años veía casi a diario y a la que luego perdí completamente de vista. Iba por esa calle sólo porque había bajado del metro por error una estación antes. Y ella había venido a pasar tres días en París y se había perdido. ¡Nuestro encuentro tenía una probabilidad en un millón!
—¿Cuál es tu método para calcular la probabilidad de los encuentros entre las personas?
—¿Tú conoces algún método?
—No. Y lo lamento —dije—. Es curioso, pero la vida humana nunca ha sido sometida a investigación matemática. Fíjate por ejemplo en el tiempo. Desearía que existiese un método experimental que mediante electrodos fijos a la cabeza de la gente investigase el porcentaje de su vida que el hombre dedica al presente, el que dedica a los recuerdos y el que dedica al futuro. Así conoceríamos quién es realmente el hombre en relación con el tiempo. Qué es el tiempo humano. Y seguro que podríamos determinar tres tipos básicos de hombre, según la forma de tiempo dominante para él. Y para volver a las casualidades. ¿Acaso podemos decir algo en serio sobre la casualidad en la vida sin una investigación matemática? Pero lamentablemente la matemática existencial no existe.
—La matemática existencial. Una idea excelente…En todo caso, se tratase de una posibilidad en un millón o de una posibilidad en un billón, el encuentro fue absolutamente improbable y precisamente en esa improbabilidad residía su valor. Porque la matemática existencial, que no existe, establecería probablemente la siguiente ecuación: el valor de una casualidad es igual a su tasa de improbabilidad.
—Encontrar inesperadamente en medio de París a una mujer hermosa a la que hacía años no veías… —dije recreándome en la idea.
—No sé por qué supones que era hermosa. Era la encargada de la guardarropía de la cervecería a la que yo iba todos los días y el club de jubilados le consiguió una excursión de tres días a París. Cuando nos reconocimos, nos miramos sin saber qué hacer. Casi con la desesperación que siente un niño sin piernas cuando gana en una tómbola una bicicleta. Como si los dos supiéramos que nos habían regalado una casualidad enormemente valiosa que, sin embargo, no nos iba a servir para nada. Nos parecía que alguien se estaba riendo de nosotros y a los dos nos daba vergüenza.
—A este tipo de casualidades se les podría llamar morbosas —dije—.
Capítulo 4 de La Casualidad. La inmortalidad de Milan Kundera