Drama

Después del desconcierto, me asaltó la indignación: una vez mas, estaba atrapado en una telaraña emotiva, uno de esos dramas imaginarios que las mujeres son expertas en fabricar. Durante más de tres días —el tiempo que Menahovsky tardó en volver a la ciudad— tuve la oportunidad de observar a Ruth despojada de su sempiterna calma: un espectáculo lamentable. No sólo había perdido su mayor atributo, sino que por unos días se convirtió en un ser atormentado y sufriente, algo así como la otra cara de la moneda. Lo peor es que yo no podía sino preguntarme si la verdadera Ruth Perelman era mas parecida a esto que a la mujer que yo había conocido hasta entonces. Si esa corta pero intensa depresión hubiera tenido lugar en una privacidad absoluta de la que sólo hubiese percibido algún eco cada vez que yo llamara para tener noticias, probablemente mi reacción habría sido muy distinta. Quizás habría llegado a compadecerme de ella de una forma genuina, incluso a sentir ternura y preocupación, pero, como asegura Mario, una mujer sólo sufre en silencio si no tiene un teléfono cerca y el loft de Tribeca estaba lleno de estos aparatos. A esa llamada nocturna siguieron otras seis, todas en el transcurso de la madrugada.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel

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