Era esa clase de mañanas que parecen no terminar nunca. Me sentía aplastado, cansado y triste, y los minutos que pasaban parecían caer en el vacío, zumbando suavemente, como los cohetes. Los pájaros gorjeaban en los arbustos y los coches pasaban interminablemente por el bulevar Laurel Canyon, en una y otra dirección. Por lo general, no los oía. Pero me sentía inquieto e irritable, despreciable y supersensitivo. Decidí liquidar las consecuencias de mi borrachera.
“El largo adiós” – Raymond Chandler
Escrito por carlosmun