Tedio

diciembre 26, 2017

Además, como he dicho antes, no creo en el amor como un encantamiento, pero sí en una serie de pactos y complicidades, de recreos compartidos y preferencias. Claro está que los pequeños placeres que Ruth y yo nos dábamos no eran en nada comparables a los que yo me procuro a mí mismo en los instantes de soledad y recogimiento. Jamás me habría venido a la mente, por ejemplo, la idea de recitarle un poema de Vallejo. Tampoco podría sentarme a escuchar junto a ella alguno de mis discos favoritos, ni siquiera a leerle una página de Walter Benjamín o de Theodor Adorno. No, las aficiones que Ruth y yo compartíamos eran pequeñas, casi nimias, como el buen vino, las películas francesas y los embutidos polacos. Esas afinidades, por minúsculas que fueran, resultaban lo suficientemente sólidas como para sostener nuestra vida común, el equilibrio que nos permitía convivir armónicamente una o dos veces por semana. Por desgracia, pocas cosas son tan efímeras como el placer.

En cuanto me acostumbré a ellos, tanto la tranquilidad como el silencio de Ruth dejaron de conmoverme. Es triste si se piensa: cuando dos personas no están enamoradas, como era el caso —al menos para mí—, el aburrimiento siempre termina infiltrándose como los hongos en la comida que uno deja demasiado tiempo en el refrigerador, y así sucedió con nosotros. Llegó un día en que el tedio se introdujo en nuestros encuentros.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel


Amor complicado e infeliz

diciembre 26, 2017

¿Por qué Teresa no sirvió como suplente de Norma? Yo quería que Teresa me gustara, hice todo lo posible para que Teresa me gustara, palabra de honor. Necesitaba que me gustara alguien. Era fácil que ella te gustara: los hombres la seguían por las calles, recibió invitaciones para trabajar en cine, las amigas adoraban su espíritu deportivo, sabía lucir tanto un bikini como un vestido de baile. Estaba aprendiendo a leer los buenos libros que yo le prestaba; tenía un olor a fruta madura, un olor a árbol mojado, un olor a fuerza y salud, un olor a limpieza, un olor a niño de seis años después del baño; me amaba como una loca, era una perra constantemente en celo – pero tal vez fuese por eso, porque me amaba locamente, que yo no conseguía amarla en la misma medida: qué clase de pervertido era yo, necesitaba incertidumbre, necesitaba luchar por mi amor, como hacía con Norma, para continuar amando. Véase como el hombre es un ser complicado e infeliz. Dirán: no todos son así, están los normales, ésos que sólo quieren a las mujeres que los quieren, ésos que sólo quieren lo que pueden alcanzar, aquellos que sólo hacen lo que pueden hacer, aquellos que sólo van adonde pueden ir. Pero Norma estaba hecha de imposibles, de frustraciones y rechinar de dientes, de audacia, de imprecaciones, de sufrimiento y esplendor, de ferocidad, tenacidad, crueldad y obstinación. Eso sólo Norma me lo daba. Y como Teresa no me había hecho olvidar a Norma, me empeñé en que tenía que buscar otra. Otra que me llenara la vida.

“Informe de Carlos” – Rubem Fonseca
El collar del perro


Pensamientos de amor

diciembre 26, 2017

Sí, porque el amor era algo más que la satisfacción de los deseos; era algo más. Era algo complejo que ella sentía aun después de las dudas provocadas por el silencio. Porque claro, el amor no eran aquellos instantes eróticos, sino estos: los pensamientos, la paz de saber por encima de las dudas que amaba a alguien. Todo estaba claro, el amor era esta serenidad después de la suave batalla entro los cuerpos. El amor era una verdad revelada en esos instantes.

“Una actitud sincera” – Parménides García Saldaña
El Rey Criollo


Pérdida de encanto

diciembre 26, 2017

Soy soltero, a pesar de que ya paso de los cuarenta. Nunca encontré una mujer de quien me enamorara lo suficiente como para querer casarme con ella. Así, vivía cambiando de amantes. Mi pasión por una amante duraba unos seis meses. Después, con mucho ingenio y arte, lograba librarme de ella. Todas continuaban siendo mis amigas, todas eran muy inteligentes, de no haberlo sido no habría logrado hacer el amor con ellas. Me gustaba hablar con las mujeres en la cama, decir lo que yo quería decir y oír lo que ellas querían decir. Si era una de aquellas a las que les gusta hablar, no la interrumpía, la oía con atención.

Pero no era eso, esa letanía verbal, la que causaba la separación. El problema era que después de unos meses, en raros casos después de un par de años, la mujer perdía el encanto, sus ojos ya no me parecían tan lindos, ni su boca tan fascinante, ni su cuerpo tan provocativo. Eso me entristecía, sabía que la culpa de la ruptura era únicamente mía: cesaba mi capacidad de mantener la comunión física y espiritual necesaria en el amor, y eso me entristecía.

“La mujer del CEO” – Rubem Fonseca
Axilas y otras historias indecorosas


Incondicionalidad

septiembre 29, 2013

El amor es un bien que no he perdido. Cuando entre las condiciones que se le ponen al amor no se halla la correspondencia de quien se ama, y en realidad tampoco puede hallarse ninguna otra porque se ha decidido amar incondicionalmente, el amor, que por su propia vehemencia vive más allá  de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, sólo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Saber y sentir

septiembre 29, 2013

No te voy a decir que te amo, porque eso no se dice. Además, tú un día me dijiste que yo no era nadie para hablarte de eso, y puede que sea cierto. Una es la última persona autorizada para andar diciendo lo que siente o no siente. Saber y sentir son cosas diferentes. Cuando sientes no sabes, y cuando crees que sabes ya dejaste de sentir. O sientes otra cosa, que es igual, porque en realidad sigues sin enterarte. Nunca me he preocupado mucho en ver por dentro. Creo que me da miedo descubrir que no hay nada. O todavía peor, que lo descubran otros antes que yo.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


To fall

septiembre 29, 2013

El inglés necesita de un verbo fatalista  para emplear la expresión ‘enamorarse’: to fall. O sea que el enamorado no exactamente asciende a un estado superior, sino al contrario: cae. Tropieza, se distrae, en entrampado. Cae, igual que Luzbel. Si Cristo hubiese dicho ‘Enamoraos los unos a los otros’, ya estaríamos todos viviendo en el Infierno. Pero sería injusto concluir que Amor y Averno son instancias iguales o siquiera equivalentes. El diablo de allá abajo y el diablo del amor podrán ser parientes, y en un momento socios, pero sus métodos difieren tanto como la horca del veneno, el sable del cuchillo, el cañón de la trampa.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


¿Cuándo el amor es propiamente amor?

agosto 26, 2013

Decir: “La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede”, escribirlo, leerlo, subrayarlo, asumirlo, era asirse a la última cuerda que quedaba, ya no para salvarse de caer en un idilio irracional, por prematuro, sino siquiera para retardar esa caída.  Pensaba: No puede ser, no es. Y omitía de paso la palabra “amor”, pues de sólo nombrarlo podía conjurarlo. Pensar: “Estoy muy apasionado porque estuve muy solo”, es dar a la soledad el rango de enfermedad, y a la pasión volverla medicina (…) Uno sube la dosis de la droga porque no quiere de la nada ni el recuerdo. (…) aplicaba una suerte de ungüento lacerante y anestésico sobre la carne viva de la soledad, de manera que al día siguiente había menos dolor y más herida, y a medida que la enfermedad se conservaba en secreto, recurría a la pasión para transfigurarla, sin pensar que tal método equivalía a cultivar los gérmenes en el lecho propio de la herida. ¿Podía esa gangrena que le explotaba dentro llamarse propiamente amor?

¿Pero cuándo el amor es propiamente amor? ¿Puede uno amar a quien le acompañó por una hora? ¿Por dos horas, dos meses, dos años, dos minutos? ¿Se ama a quien se conoce, justamente por eso, o es quizás al revés; conocemos para mejor desconocer, y así poder amar sin el estorbo de la realidad? ¿No es cierto que quienes más se aman son a veces quienes menos se conocen? Ni una sola de estas preguntas se plantea jamás para buscar respuesta verdadera. Ninguna la tiene, ni la tendrá, a menos que uno decida imponérsela, casi siempre de acuerdo con su más absoluta inconveniencia. Incluso sin respuesta, lanzadas al espacio estratosférico de los propios insomnios, las preguntas que apuntan hacia la probable existencia del amor suelen aparecer cuando no queda tiempo, ni voluntad, ni siquiera osadía para ponerlas en duda. Preguntarse si por casualidad se ama equivale a plantear una alternativa entre felicidad y desdicha, buena y mala fortuna, besos y bofetadas. Se elige ser feliz, besado, afortunado, aun en la certeza de que sucederá lo opuesto, igual que se le dice “que te vaya bien” a un enfermo terminal. Elegimos a veces a costillas de la conveniencia y el sosiego, por razones tan inaccesibles como irracionales, por eso las preguntas laten sin respuestas, y al final son capaces de aceptar cualquiera. El amor es más parecido a las mentiras. Justifica u opaca la razón, por derecho o torcido que parezca, no requiere de justificaciones, se reproduce a la menor provocación y exige todo el crédito del mundo. Además de que nadie o casi nadie puede vivir tranquilo en su total ausencia. Por eso, cuando vienen las preguntas, lo hacen acompañadas de su correspondiente hilera de respuestas obvias. Sí. Claro. Por supuesto. Para siempre. ¿Por qué no? Cualquier cosa con tal de no quedarse en esta orilla solitaria, qué más da si después del amor está la nada. ¿O es que alguien está aquí sin entender que al final de la vida no queda más que muerte?

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


La eyaculación esteril

agosto 10, 2013

Anselmo albergaba un vago e inarticulado sentimiento de que, para toda una generación, su generación, desear fuera el anhelo. Fornicar. Follar. Garchar. Templar. Tirar. Coger. Apremiados por una fiebre indócil de posesión del otro. Todo lo demás, lo que sucediera en la cama antes y después de coger, no dejaba de considerarse mera política. Una política de lo correcto. Etiqueta. Para Anselmo no eran sino cautivos de una estética sexual de lo efímero fomentada por la sociedad de consumo y sus ritos. Había belleza en un episodio sexual en tanto se mantuviera así. Episódico. De eyaculación estéril. Libre de riesgo de contagio. Libre de ataduras y consecuencias a futuro entre los implicados. Libre de amor. Aunque con frecuencia, desear y consumir eran confundidos con amar. Y la capacidad de consumir, a su vez, era interpretada como un síntoma irrefutable de bienestar. No en balde, decía Anselmo, el porcentaje del PIB se había vuelto el indicador fetichista del bien social. Se medía la felicidad de una sociedad por su capacidad de intercambiar dinero de la misma manera en que ahora una generación entera medía su bienestar amoroso y sentimental por su capacidad de ofertar o intercambiar fluidos corporales sin compromiso. Habían malbaratado tanto los estándares con que sus padres y madres solían medir el fenómeno conocido como amor, que podían creer haberlo encontrado incluso en una cogida casual de una noche. Pero él y sus congéneres no hacían con ello más que apaciguar el temblor existencial por unas horas. Llenos de angustia por el vacío que esa pérdida les causaba al día siguiente, siempre en pos de la novedad, hijos e hijas de la cultura del consumo, cada vez que iniciaban una experiencia amorosa lo que realmente hacían era lo contrario. Desaprender a amar.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


3 años

agosto 10, 2013

Tres años. Lo que algunos antropólogos y darwinistas afirman que dura la experiencia que reconocemos como amor. Es decir, la etapa en que los cerebros de una pareja producen feniletilamina como dos máquinas desaforadas operando igual que el cerebro de un usuario habitual de anfetaminas. Al término de ese periodo, similar a una droga dura que deja de suministrarse de un día para otro, sobreviene la resaca insufrible y espantosa. Dichosos de aquellos que logran salvarla y sobrevivir en el intento, porque de ellos será el reino de los opiáceos. El estupidizamiento del matrimonio. El placebo del adulterio. O, dicho de otra forma, el carril lento de las endorfinas.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


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