Porque sí

agosto 26, 2013

«En rigor, todo intento de lectura es un evidente acto de autoayuda. Del instructivo de la televisión a las primeras líneas de la novela, lee uno con la ilusión de percibirse algo menos salvaje que la noche anterior. ¿Cuántos no hemos pasado nuestras horas más negras aferrados a un trozo de papel que devuelve el sentido a los absurdos y constela los muros subterráneos de ventanas abiertas al infinito? Si no recuerdo mal, huecos providenciales como aquellos los abrió, a lo ancho de cierta noche sin estrellas, La inmortalidad, de Milan Kundera. Me recuerdo besando la portada cada vez que hacía un alto en la lectura, de manera que aún hoy pienso en esa novela como un manual de náufragos.»

Símbolos inequívocos de autoayuda y de agarrarte con las uñas para seguir creyendo en que algo o alguien te salva. Cuando en un libro me reflejo en el punto exacto de mi actual situación, llamo corriendo al destino, casualidad, providencia, esloquetienequepasar, o como quiera que se llame. La importancia está en que ese símil me empuja a entender que siempre hay algo gigantesco moviéndose a expensas mías, que perpetra e incide con violencia en cualquier posible signo de autonomía (y no queda «más que aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe»).

El libro que durante 300 hojas no dice nada pero en 30 páginas leídas en los días adecuados me comprende más que mi propia conciencia, la canción que salta de un anuncio de internet directa a la cabeza y semanas después, en el momento correcto me canta sólo a mí, la persona que llega pidiendo ayuda y al final me termina reinyectando vida, el calendario que me recuerda que ya no es el 2012, por más que sea idéntico…

Yo manejo la carroza.


Plan de vida y carrera II

septiembre 11, 2011

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque no lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Capítulo IV: «Arriba, arriba, arriba» de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel Vásquez


Plan de vida y carrera

agosto 6, 2011

El episodio es un concepto importante de la Poética de Aristóteles. A Aristóteles no le gustan los episodios. De todos los acontecimientos, según él, los peores son los acontecimientos episódicos. El episodio no es ni una consecuencia indispensable de lo que antecedía ni la causa de lo que seguiría; se halla fuera  de ese encadenamiento causal de acontecimientos que es una historia. Es una simple casualidad estéril que puede ser suprimida sin que una historia pierda su ligazón comprensible, y no es capaz de dejar una huella duradera en la vida de los personajes.

Van ustedes en metro a un encuentro con la mujer de su vida y, un momento antes de la parada en que han de bajar, una joven desconocida, en la que no se había fijado (ya que iban a encontrarse con la mujer de su vida y no se fijaban en nada más) sufre una indisposición repentina, se desmaya y se va a caer al suelo. Como están a su lado, la sujetan y la tienen entre sus brazos unos segundos hasta que ella abre los ojos. La sientan en un sitio que alguien deja libre para ella y, como en ese momento el tren comienza a frenar, se separan de ella casi con impaciencia para bajar y correr tras la mujer de si vida. En ese mismo momento la joven a la que poco antes tenían entre los brazos ya está olvidada. Esta historia es un típico episodio….

….Podemos por lo tanto completar la definición que Aristóteles hace del episodio y decir: ningún episodio está a priori condenado a seguir siendo para siempre episodio, porque cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, esconde dentro de sí la posibilidad de llegar a ser antes o después la causa de otros acontecimientos y  convertirse así en una historia o una aventura. Los episodios son como minas. La mayoría nunca explota, pero precisamente el menos llamativo de ellos se convierte un buen día en una historia que resulta funesta. Va por la calle una mujer que desde lejos le mira con una mirada que le parecerá un tanto alocada. Cuando se le acerca, aminora el paso, se detiene y dice: «¿Es usted? ¡Llevo ya tanto tiempo buscándolo!» y le echa los brazos al cuello. Es aquella joven que cayó desmayada en sus brazos cuando iba usted a encontrarse con la mujer de su vida con la que mientras tanto se casó y tuvo un hijo. Pero la joven que de pronto le encontró en la calle ha decidido enamorarse de su salvador y considerar aquel encuentro casual como una orden del destino. Le llamará cinco veces al día por teléfono, le escribirá cartas, visitará a su esposa y le explicará que lo ama desde hace tanto tiempo que tiene derecho a que sea suyo, hasta el punto de que la mujer de su vida perderá la paciencia, se pondrá tan furiosa que decidirá acostarse con el barrendero y después se marchará de casa con niño y todo. Usted, para escapar de la joven enamorada, que mientras tanto ha trasladado a su piso el contenido de sus armarios, se irá a vivir al otro lado del mar, donde morirá en la desesperación y la miseria. Si nuestras vidas fueran infinitas como la vida de los dioses antiguos, el concepto de episodio perdería sentido, porque en lo infinito cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, encontraría su consecuencia y se desarrollaría hasta formar una historia.

Capítulo 14 de El Cuadrante.  La inmortalidad de Milan Kundera


La teoría de la casualidad

agosto 4, 2011

Describir y clasificar distintos tipos de casualidades. Por ejemplo: «en el preciso momento en que el profesor Avenarius se sumergía en la piscina para sentir la cálida corriente de agua en su espalda, cayó de un castaño en un parque de Chicago una hoja amarillenta». Esa es una coincidencia casual de acontecimientos, pero no tiene sentido alguno. En mi clasificación la llamo casualidad muda. Pero imagínate que digo: «en el preciso momento en que caía la primera hoja amarillenta en la ciudad de Chicago, el profesor Avenarius se sumergía en la piscina para darse un masaje en la espalda». La frase se vuelve melancólica, porque vemos al profesor Avenarius como anunciador del otoño y el agua en la que se ha sumergido nos parece como si estuviera salada de lágrimas. La casualidad ha dado a los acontecimientos un significado inesperado y por eso la llamo casualidad poética. Pero también puedo decir lo que te he comunicado al verte: el profesor Avenarius se sumergió en la piscina en el preciso momento en que Agnes ponía su coche en marcha en los Alpes. A esta casualidad no se la puede llamar poética porque no le da un sentido especial a tu entrada en la piscina, pero es sin embargo una casualidad muy valiosa a la que denomino contrapuntual. Es como cuando se unen en una pequeña composición dos melodías. Lo sé de mi infancia. Un niño cantaba una canción y al mismo tiempo otro niño cantaba otra canción ¡y las dos combinaban! Y hay además otro tipo de casualidad: el profesor Avenarius bajó al paso subterráneo del metro de Montparnasse en el preciso momento en que allí se encontraba una hermosa mujer que llevaba en la mano una hucha roja. Esa es la llamada casualidad generadora de historias, que adoran los novelistas.

—Me da la sensación —dijo—, de que en la vida humana la casualidad no se rige por el cálculo de probabilidades. Quiero decir con esto que nos ocurren muchas cosas casuales tan improbables que no podemos justificarlas matemáticamente. No hace mucho tiempo iba por una calle totalmente insignificante de un barrio totalmente insignificante de París y me encontré con una mujer de Hamburgo a la que hacía veinticinco años veía casi a diario y a la que luego perdí completamente de vista. Iba por esa calle sólo porque había bajado del metro por error una estación antes. Y ella había venido a pasar tres días en París y se había perdido. ¡Nuestro encuentro tenía una probabilidad en un millón!

—¿Cuál es tu método para calcular la probabilidad de los encuentros entre las personas?

—¿Tú conoces algún método?

—No. Y lo lamento —dije—. Es curioso, pero la vida humana nunca ha sido sometida a investigación matemática. Fíjate por ejemplo en el tiempo. Desearía que existiese un método experimental que mediante electrodos fijos a la cabeza de la gente investigase el porcentaje de su vida que el hombre dedica al presente, el que dedica a los recuerdos y el que dedica al futuro. Así conoceríamos quién es realmente el hombre en relación con el tiempo. Qué es el tiempo humano. Y seguro que podríamos determinar tres tipos básicos de hombre, según la forma de tiempo dominante para él. Y para volver a las casualidades. ¿Acaso podemos decir algo en serio sobre la casualidad en la vida sin una investigación matemática? Pero lamentablemente la matemática existencial no existe.

—La matemática existencial. Una idea excelente…En todo caso, se tratase de una posibilidad en un millón o de una posibilidad en un billón, el encuentro fue absolutamente improbable y precisamente en esa improbabilidad residía su valor. Porque la matemática existencial, que no existe, establecería probablemente la siguiente ecuación: el valor de una casualidad es igual a su tasa de improbabilidad.

—Encontrar inesperadamente en medio de París a una mujer hermosa a la que hacía años no veías… —dije recreándome en la idea.

—No sé por qué supones que era hermosa. Era la encargada de la guardarropía de la cervecería a la que yo iba todos los días y el club de jubilados le consiguió una excursión de tres días a París. Cuando nos reconocimos, nos miramos sin saber qué hacer. Casi con la desesperación que siente un niño sin piernas cuando gana en una tómbola una bicicleta. Como si los dos supiéramos que nos habían regalado una casualidad enormemente valiosa que, sin embargo, no nos iba a servir para nada. Nos parecía que alguien se estaba riendo de nosotros y a los dos nos daba vergüenza.

—A este tipo de casualidades se les podría llamar morbosas —dije—.

Capítulo 4 de La Casualidad.  La inmortalidad de Milan Kundera


¿Amor?

agosto 3, 2011

«Una mujer siempre prefiere a su hijo antes que a su marido». El sentido de la frase sólo se aclara cuando reflexionamos un rato sobre ella: decir que queremos a A más que a B no es una comparación entre dos grados de amor, sino que significa que B no es amado. Porque cuando amamos a alguien no lo podemos comparar. La persona amada no es comparable. Aunque amemos a A y a B, no podemos compararlos, porque al compararlos ya dejamos de amar a uno de ellos. Y si decimos en público que preferimos a uno de ellos y no al otro, nunca se trata de declarar ante los demás nuestro amor por A (porque en tal caso bastaría con decir simplemente «¡Amo a A!»), sino de poner en discreción pero con claridad en evidencia que B nos es por completo indiferente.

Capítulo 6 de La Casualidad.  La inmortalidad de Milan Kundera


Los caminos de la vida

agosto 1, 2011

Camino: franja de tierra por la que se va a pie. La carretera se diferencia del camino no sólo porque por ella se va en coche, sino porque no es más que una línea que une un punto con otro. La carretera no tiene sentido en sí misma; el sentido sólo lo tienen los dos puntos que une. El camino es un elogio del espacio. Cada tramo del camino tiene sentido en sí mismo y nos invita a detenernos. La carretera es la victoriosa desvalorización del espacio, que gracias a ella no es hoy más que un simple obstáculo para el movimiento humano y una pérdida de tiempo.

Antes de que los caminos desaparecieran del paisaje, desaparecieron del alma humana; el ser humano perdió el deseo de andar, de caminar con sus propias piernas y disfrutar de ello. Ya ni siquiera veía su vida como un camino, sino como una carretera: una línea que va de un punto a otro, del grado de capitán al grado de general; de la función de esposa a la función de viuda. El tiempo de la vida se convirtió para él en un simple obstáculo que hay que superar a velocidades cada vez mayores.

Capítulo 3 de La Casualidad.  La inmortalidad de Milan Kundera


La teoría de los cacahuates enchilados en experiencia de Fernandez Mallo

febrero 17, 2011

… ahora me permitiréis que cuente una anécdota personal, una anécdota que ni nuestro autor, Jorge Carrión, ni nadie conoce; absolutamente nadie. Me remonto al verano de 2004, julio. A mí no me gusta viajar, mis amigos lo saben; no obstante cometí la torpeza de ir un mes a Tailandia. (Algo importante que quiero decir es que pocos días antes de partir yo había comenzado a tomar unas notas, creativas, que califiqué como raras, y que no tenía ni idea adónde me llevarían.)

A los 4 días de iniciar el viaje, hallándonos mi compañía femenina y yo en una ciudad del norte llamada Chiang Mai (dicho sea de paso, con un ambiente muy a lo Blade Runner: puestos de venta en la calle como chabolas entre altos edificios y siempre lloviendo), ese cuarto día, decía, por la noche, nos atropelló una moto mientras cruzábamos un quimérico paso de peatones. Salimos por los aires. Vimos al piloto escapar entre una de aquellas chabolas de souvenirs. Ella salió más o menos ilesa, pero yo me rompí la cadera, diagnóstico confirmado no por los médicos de allí, quienes me dijeron que no tenía nada, sino por unas cuantas llamadas telefónicas a traumatólogos de España que eran familiares o amigos. Fueron ellos quienes me aconsejaron que estuviera en estricto reposo, tumbado en el hotel, durante los 25 días que aún me quedaban en aquel país. Así las cosas, mi vida se redujo a una cama de hotel, una ventana por la que se veía la ciudad, mucho calor, mucho aire acondicionado, mucho dolor, muchas pastillas, y en torno a la cama botellas de agua, el mando a distancia de la tele y poco más. Mi chica iba y venía cada día con comida que compraba en los chiringuitos mientras yo miraba por la ventana, como en La ventana indiscreta de Hitchcock, donde Grace Kelly le trae comida y revistas a James Stewart. A mí ella no me traía revistas, porque yo, previsoramente, ya había llevado algunas para el viaje, así como algún que otro libro, esos que en casa nunca lees pero que en los viajes, con la tontería de la novedad, crees que te apetecerán. Una de las revistas que me llevé era el último número de Lateral, una publicación para la que yo de vez en cuando escribía algún artículo de divulgación, y en la que había un cuadernillo especial de «cuentos de verano». A muchos autores de esos cuentos yo no los conocía, pero cuando uno está muy lejos de su casa, y su futuro inmediato es incierto, se genera una especie de angustia que en parte es paliada por las cosas que nos son familiares como, por ejemplo, una revista que has comprado en el kiosco de tu barrio, el cual recuerdas con especial reverdor. Como imaginaréis, a falta de otra cosa que hacer, leí muchas veces aquellos cuentos de Lateral y escribí también mucho continuando con aquellas notas dispersas que traía de España y de las que os hablé al principio. Cada día, invariablemente, a las 6 o 7 de la tarde llovía, y yo leía, veía en la tele especiales de la historia del surf del canal Fox, y escribía.

Había entre todos aquellos cuentos uno de un autor a quien yo no conocía de nada, que me llamó mucho la atención, se llamaba «Brasilia es nombre de gata ciega», estaba escrito de una forma extraña, casi feísta, pero poseía cierto atractivo. En él, el autor describía cómo llegaba a Brasilia, cómo se instalaba en casa de unos amigos, como percibía la ciudad desde una ventana (o yo lo quise imaginar así), y aunque él salía y pateaba las calles, siempre describía todo como si lo viera de una ventana, con una distancia tierna y simultáneamente científica; me sentí muy identificado con aquel autor en esos momentos. Yo, junto a mi ventana, continuaba escribiendo, desarrollando aquellas notas. También en esos momentos me di cuenta de lo felices que son los enfermos, que no hacen nada. Y fue gratificante también comprobar cómo iban creciendo, tomando cuerpo, mis notas. Me quedé sin papel, escribí en esas libretitas que hay para apuntar chorradas junto a los teléfonos de los hoteles, en los márgenes de mis libros, en las servilletas, en los billetes de avión de vuelta, y finalmente en aquel mes vi que tenía en mis manos una novela, a la que por motivos que ahora no hacen al caso llamé Nocilla Dream, y que se editará muy pronto. Un 28 de julio me metieron a un avión. Muchas cosas quedaron en aquella habitación, unos bolis mordidos, una camiseta naranja de manga corta que decía «Bruce Lee, a retrospective» (eso me fastidió), la guapa sirvienta tailandesa que cada día me venía a hacer la cama y se sonrojaba, y un par de revistas, una de ellas aquel número especial de Lateral. ¿Alguna vez habéis pensado dónde van todas esas cosas que la gente se olvida en los hoteles?

Pasó el tiempo, en concreto, un año y nuevo meses, y ya en mi casa, habiendo olvidado todo aquello y totalmente recuperado, recibo un e-mail de una persona que dice ser el autor que ahora mismo tengo sentado a mi izquierda, un tal Jorge Carrión, y no tengo ni idea de cómo llega a mí. Me dice que ha editado un libro llamado La brújula, y que si lo puedo presentar hoy y aquí, en Palma. Digo que sí, y cuando me llega el libro compruebo con gran asombro que ese autor era aquel que me acompañó en mi ventana de Tailandia con su cuento «Brasilia es nombre de gata ciega», y que ese cuento, además, está contenido en ese libro, en este libro que hoy presentamos, y además que ese cuento no era un cuento, sino una experiencia muy fiel a la realidad que el autor vivió en Brasilia. Pensé entonces que el azar es fantástico y que, quizá, vivir ya de por sí sea un exceso (…)

De Motor Automático de Búsqueda, en Nocilla Lab, Agustín Fernández Mallo.


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