… ahora me permitiréis que cuente una anécdota personal, una anécdota que ni nuestro autor, Jorge Carrión, ni nadie conoce; absolutamente nadie. Me remonto al verano de 2004, julio. A mí no me gusta viajar, mis amigos lo saben; no obstante cometí la torpeza de ir un mes a Tailandia. (Algo importante que quiero decir es que pocos días antes de partir yo había comenzado a tomar unas notas, creativas, que califiqué como raras, y que no tenía ni idea adónde me llevarían.)
A los 4 días de iniciar el viaje, hallándonos mi compañía femenina y yo en una ciudad del norte llamada Chiang Mai (dicho sea de paso, con un ambiente muy a lo Blade Runner: puestos de venta en la calle como chabolas entre altos edificios y siempre lloviendo), ese cuarto día, decía, por la noche, nos atropelló una moto mientras cruzábamos un quimérico paso de peatones. Salimos por los aires. Vimos al piloto escapar entre una de aquellas chabolas de souvenirs. Ella salió más o menos ilesa, pero yo me rompí la cadera, diagnóstico confirmado no por los médicos de allí, quienes me dijeron que no tenía nada, sino por unas cuantas llamadas telefónicas a traumatólogos de España que eran familiares o amigos. Fueron ellos quienes me aconsejaron que estuviera en estricto reposo, tumbado en el hotel, durante los 25 días que aún me quedaban en aquel país. Así las cosas, mi vida se redujo a una cama de hotel, una ventana por la que se veía la ciudad, mucho calor, mucho aire acondicionado, mucho dolor, muchas pastillas, y en torno a la cama botellas de agua, el mando a distancia de la tele y poco más. Mi chica iba y venía cada día con comida que compraba en los chiringuitos mientras yo miraba por la ventana, como en La ventana indiscreta de Hitchcock, donde Grace Kelly le trae comida y revistas a James Stewart. A mí ella no me traía revistas, porque yo, previsoramente, ya había llevado algunas para el viaje, así como algún que otro libro, esos que en casa nunca lees pero que en los viajes, con la tontería de la novedad, crees que te apetecerán. Una de las revistas que me llevé era el último número de Lateral, una publicación para la que yo de vez en cuando escribía algún artículo de divulgación, y en la que había un cuadernillo especial de «cuentos de verano». A muchos autores de esos cuentos yo no los conocía, pero cuando uno está muy lejos de su casa, y su futuro inmediato es incierto, se genera una especie de angustia que en parte es paliada por las cosas que nos son familiares como, por ejemplo, una revista que has comprado en el kiosco de tu barrio, el cual recuerdas con especial reverdor. Como imaginaréis, a falta de otra cosa que hacer, leí muchas veces aquellos cuentos de Lateral y escribí también mucho continuando con aquellas notas dispersas que traía de España y de las que os hablé al principio. Cada día, invariablemente, a las 6 o 7 de la tarde llovía, y yo leía, veía en la tele especiales de la historia del surf del canal Fox, y escribía.
Había entre todos aquellos cuentos uno de un autor a quien yo no conocía de nada, que me llamó mucho la atención, se llamaba «Brasilia es nombre de gata ciega», estaba escrito de una forma extraña, casi feísta, pero poseía cierto atractivo. En él, el autor describía cómo llegaba a Brasilia, cómo se instalaba en casa de unos amigos, como percibía la ciudad desde una ventana (o yo lo quise imaginar así), y aunque él salía y pateaba las calles, siempre describía todo como si lo viera de una ventana, con una distancia tierna y simultáneamente científica; me sentí muy identificado con aquel autor en esos momentos. Yo, junto a mi ventana, continuaba escribiendo, desarrollando aquellas notas. También en esos momentos me di cuenta de lo felices que son los enfermos, que no hacen nada. Y fue gratificante también comprobar cómo iban creciendo, tomando cuerpo, mis notas. Me quedé sin papel, escribí en esas libretitas que hay para apuntar chorradas junto a los teléfonos de los hoteles, en los márgenes de mis libros, en las servilletas, en los billetes de avión de vuelta, y finalmente en aquel mes vi que tenía en mis manos una novela, a la que por motivos que ahora no hacen al caso llamé Nocilla Dream, y que se editará muy pronto. Un 28 de julio me metieron a un avión. Muchas cosas quedaron en aquella habitación, unos bolis mordidos, una camiseta naranja de manga corta que decía «Bruce Lee, a retrospective» (eso me fastidió), la guapa sirvienta tailandesa que cada día me venía a hacer la cama y se sonrojaba, y un par de revistas, una de ellas aquel número especial de Lateral. ¿Alguna vez habéis pensado dónde van todas esas cosas que la gente se olvida en los hoteles?
Pasó el tiempo, en concreto, un año y nuevo meses, y ya en mi casa, habiendo olvidado todo aquello y totalmente recuperado, recibo un e-mail de una persona que dice ser el autor que ahora mismo tengo sentado a mi izquierda, un tal Jorge Carrión, y no tengo ni idea de cómo llega a mí. Me dice que ha editado un libro llamado La brújula, y que si lo puedo presentar hoy y aquí, en Palma. Digo que sí, y cuando me llega el libro compruebo con gran asombro que ese autor era aquel que me acompañó en mi ventana de Tailandia con su cuento «Brasilia es nombre de gata ciega», y que ese cuento, además, está contenido en ese libro, en este libro que hoy presentamos, y además que ese cuento no era un cuento, sino una experiencia muy fiel a la realidad que el autor vivió en Brasilia. Pensé entonces que el azar es fantástico y que, quizá, vivir ya de por sí sea un exceso (…)
De Motor Automático de Búsqueda, en Nocilla Lab, Agustín Fernández Mallo.