Desafíos de la vida

diciembre 26, 2017

Durante un rato estuvimos sin hablar, pensando, mientras el ascensor bajaba y subía y el ruido que hacía era como el ruido de los años en que no nos habíamos visto. Lo voy a desafiar a duelo, dijo Arturo finalmente. ¿Quieres ser mi padrino? Eso fue lo que dijo. Sentí como si me clavaran una inyección. Primero el pinchazo, luego el líquido que entraba no en mis venas sino en mis músculos, un líquido helado que provocaba escalofríos. La proposición me pareció descabellada y gratuita. Nadie desafía a nadie por algo que aún no ha hecho, pensé. Pero luego pensé que la vida (o su espejismo) nos desafía constantemente por actos que nunca hemos realizado, en ocasiones por actos que ni siquiera se nos ha pasado por la cabeza realizar. Mi respuesta fue afirmativa y acto seguido pensé que tal vez en la eternidad sí que existe o existirá el Desnudo bajando la escalera o tal vez El gran vidrio. Y luego pensé: ¿y si la reseña es buena? ¿Y si a Echavarne le gusta la novela de Arturo? ¿No sería entonces, además de un acto gratuito, una injusticia desafiarlo a duelo?

“Los detectives salvajes” – Roberto Bolaño


Traición

septiembre 29, 2013

¿En qué consiste exactamente una traición? ¿Por qué, una vez que hemos dado sentido al porvenir a través de la obligada lealtad a un principio inamovible, un cariño que se ha pensado eterno, una utopía común, incluso una opinión vertida en el calor de un momento fatalmente furtivo, no nos es dado el privilegio de virar en una nueva dirección, por contradictoria que a los ojos de otros, y quizás a los nuestros, parezca? Uno crece mirando a la traición como aquel acto sorpresivo y deleznable pro el cual el traidor ataca o abandona por la espalda, con una alevosía sobrada de perfidia, a un amigo, un pariente, un convenio callado y clandestino. Entonces el traidor es un dos caras, un malasangre, un ruin, un enemigo camuflado por nuestra ingenuidad. ¿Podemos perdonar a Judas Iscariote porque su fe, su lealtad y sus convicciones no se cotizan más allá de los treinta denarios? ¿Alguien siquiera ha dicho qué se podía hacer en aquel tiempo con semejante suma?

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


To fall

septiembre 29, 2013

El inglés necesita de un verbo fatalista  para emplear la expresión ‘enamorarse’: to fall. O sea que el enamorado no exactamente asciende a un estado superior, sino al contrario: cae. Tropieza, se distrae, en entrampado. Cae, igual que Luzbel. Si Cristo hubiese dicho ‘Enamoraos los unos a los otros’, ya estaríamos todos viviendo en el Infierno. Pero sería injusto concluir que Amor y Averno son instancias iguales o siquiera equivalentes. El diablo de allá abajo y el diablo del amor podrán ser parientes, y en un momento socios, pero sus métodos difieren tanto como la horca del veneno, el sable del cuchillo, el cañón de la trampa.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


El peso de la inercia

septiembre 29, 2013

¿Qué hacen los astros para evitar la colisión? Lo mismo que él: aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe. Como los vagones de un tren, cuyo poder sobre la locomotora no es otro que la certeza de que al final, cuando el estruendo gane tiempo y forma, se destruirán con ella. Pero sus ojos eran de tal modo tóxicos que nada, ni siquiera el mirarse huérfano en su ausencia, pudo alertarlo a tiempo. Puesto que eso, estar a tiempo para su salvación, le habría parecido una cobardía tan abyecta que, de perpetrarla, el Infierno habría llegado antes.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Porque sí

agosto 26, 2013

«En rigor, todo intento de lectura es un evidente acto de autoayuda. Del instructivo de la televisión a las primeras líneas de la novela, lee uno con la ilusión de percibirse algo menos salvaje que la noche anterior. ¿Cuántos no hemos pasado nuestras horas más negras aferrados a un trozo de papel que devuelve el sentido a los absurdos y constela los muros subterráneos de ventanas abiertas al infinito? Si no recuerdo mal, huecos providenciales como aquellos los abrió, a lo ancho de cierta noche sin estrellas, La inmortalidad, de Milan Kundera. Me recuerdo besando la portada cada vez que hacía un alto en la lectura, de manera que aún hoy pienso en esa novela como un manual de náufragos.»

Símbolos inequívocos de autoayuda y de agarrarte con las uñas para seguir creyendo en que algo o alguien te salva. Cuando en un libro me reflejo en el punto exacto de mi actual situación, llamo corriendo al destino, casualidad, providencia, esloquetienequepasar, o como quiera que se llame. La importancia está en que ese símil me empuja a entender que siempre hay algo gigantesco moviéndose a expensas mías, que perpetra e incide con violencia en cualquier posible signo de autonomía (y no queda «más que aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe»).

El libro que durante 300 hojas no dice nada pero en 30 páginas leídas en los días adecuados me comprende más que mi propia conciencia, la canción que salta de un anuncio de internet directa a la cabeza y semanas después, en el momento correcto me canta sólo a mí, la persona que llega pidiendo ayuda y al final me termina reinyectando vida, el calendario que me recuerda que ya no es el 2012, por más que sea idéntico…

Yo manejo la carroza.


¿Cuándo el amor es propiamente amor?

agosto 26, 2013

Decir: “La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede”, escribirlo, leerlo, subrayarlo, asumirlo, era asirse a la última cuerda que quedaba, ya no para salvarse de caer en un idilio irracional, por prematuro, sino siquiera para retardar esa caída.  Pensaba: No puede ser, no es. Y omitía de paso la palabra “amor”, pues de sólo nombrarlo podía conjurarlo. Pensar: “Estoy muy apasionado porque estuve muy solo”, es dar a la soledad el rango de enfermedad, y a la pasión volverla medicina (…) Uno sube la dosis de la droga porque no quiere de la nada ni el recuerdo. (…) aplicaba una suerte de ungüento lacerante y anestésico sobre la carne viva de la soledad, de manera que al día siguiente había menos dolor y más herida, y a medida que la enfermedad se conservaba en secreto, recurría a la pasión para transfigurarla, sin pensar que tal método equivalía a cultivar los gérmenes en el lecho propio de la herida. ¿Podía esa gangrena que le explotaba dentro llamarse propiamente amor?

¿Pero cuándo el amor es propiamente amor? ¿Puede uno amar a quien le acompañó por una hora? ¿Por dos horas, dos meses, dos años, dos minutos? ¿Se ama a quien se conoce, justamente por eso, o es quizás al revés; conocemos para mejor desconocer, y así poder amar sin el estorbo de la realidad? ¿No es cierto que quienes más se aman son a veces quienes menos se conocen? Ni una sola de estas preguntas se plantea jamás para buscar respuesta verdadera. Ninguna la tiene, ni la tendrá, a menos que uno decida imponérsela, casi siempre de acuerdo con su más absoluta inconveniencia. Incluso sin respuesta, lanzadas al espacio estratosférico de los propios insomnios, las preguntas que apuntan hacia la probable existencia del amor suelen aparecer cuando no queda tiempo, ni voluntad, ni siquiera osadía para ponerlas en duda. Preguntarse si por casualidad se ama equivale a plantear una alternativa entre felicidad y desdicha, buena y mala fortuna, besos y bofetadas. Se elige ser feliz, besado, afortunado, aun en la certeza de que sucederá lo opuesto, igual que se le dice “que te vaya bien” a un enfermo terminal. Elegimos a veces a costillas de la conveniencia y el sosiego, por razones tan inaccesibles como irracionales, por eso las preguntas laten sin respuestas, y al final son capaces de aceptar cualquiera. El amor es más parecido a las mentiras. Justifica u opaca la razón, por derecho o torcido que parezca, no requiere de justificaciones, se reproduce a la menor provocación y exige todo el crédito del mundo. Además de que nadie o casi nadie puede vivir tranquilo en su total ausencia. Por eso, cuando vienen las preguntas, lo hacen acompañadas de su correspondiente hilera de respuestas obvias. Sí. Claro. Por supuesto. Para siempre. ¿Por qué no? Cualquier cosa con tal de no quedarse en esta orilla solitaria, qué más da si después del amor está la nada. ¿O es que alguien está aquí sin entender que al final de la vida no queda más que muerte?

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Plan de vida y carrera II

septiembre 11, 2011

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque no lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Capítulo IV: «Arriba, arriba, arriba» de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel Vásquez


Plan de vida y carrera

agosto 6, 2011

El episodio es un concepto importante de la Poética de Aristóteles. A Aristóteles no le gustan los episodios. De todos los acontecimientos, según él, los peores son los acontecimientos episódicos. El episodio no es ni una consecuencia indispensable de lo que antecedía ni la causa de lo que seguiría; se halla fuera  de ese encadenamiento causal de acontecimientos que es una historia. Es una simple casualidad estéril que puede ser suprimida sin que una historia pierda su ligazón comprensible, y no es capaz de dejar una huella duradera en la vida de los personajes.

Van ustedes en metro a un encuentro con la mujer de su vida y, un momento antes de la parada en que han de bajar, una joven desconocida, en la que no se había fijado (ya que iban a encontrarse con la mujer de su vida y no se fijaban en nada más) sufre una indisposición repentina, se desmaya y se va a caer al suelo. Como están a su lado, la sujetan y la tienen entre sus brazos unos segundos hasta que ella abre los ojos. La sientan en un sitio que alguien deja libre para ella y, como en ese momento el tren comienza a frenar, se separan de ella casi con impaciencia para bajar y correr tras la mujer de si vida. En ese mismo momento la joven a la que poco antes tenían entre los brazos ya está olvidada. Esta historia es un típico episodio….

….Podemos por lo tanto completar la definición que Aristóteles hace del episodio y decir: ningún episodio está a priori condenado a seguir siendo para siempre episodio, porque cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, esconde dentro de sí la posibilidad de llegar a ser antes o después la causa de otros acontecimientos y  convertirse así en una historia o una aventura. Los episodios son como minas. La mayoría nunca explota, pero precisamente el menos llamativo de ellos se convierte un buen día en una historia que resulta funesta. Va por la calle una mujer que desde lejos le mira con una mirada que le parecerá un tanto alocada. Cuando se le acerca, aminora el paso, se detiene y dice: «¿Es usted? ¡Llevo ya tanto tiempo buscándolo!» y le echa los brazos al cuello. Es aquella joven que cayó desmayada en sus brazos cuando iba usted a encontrarse con la mujer de su vida con la que mientras tanto se casó y tuvo un hijo. Pero la joven que de pronto le encontró en la calle ha decidido enamorarse de su salvador y considerar aquel encuentro casual como una orden del destino. Le llamará cinco veces al día por teléfono, le escribirá cartas, visitará a su esposa y le explicará que lo ama desde hace tanto tiempo que tiene derecho a que sea suyo, hasta el punto de que la mujer de su vida perderá la paciencia, se pondrá tan furiosa que decidirá acostarse con el barrendero y después se marchará de casa con niño y todo. Usted, para escapar de la joven enamorada, que mientras tanto ha trasladado a su piso el contenido de sus armarios, se irá a vivir al otro lado del mar, donde morirá en la desesperación y la miseria. Si nuestras vidas fueran infinitas como la vida de los dioses antiguos, el concepto de episodio perdería sentido, porque en lo infinito cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, encontraría su consecuencia y se desarrollaría hasta formar una historia.

Capítulo 14 de El Cuadrante.  La inmortalidad de Milan Kundera


Borracheradepensamientos

febrero 2, 2011

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Pobre Parménides….como le habra hecho sin copy/paste, seguramente escribirlo 30 veces en vez de hacerlo una sola y copiarlo y pegarlo, te alimenta más la idea y la importancia de las consecuencias, de esas en las que siempre nos fijamos, más que en el mero acto que las desencadena. Siempre se vive en el futuro, a la occidental, como se vive con todo lo demás, hasta el amor se occidentaliza, siempre se quiere tener más, nace de una simple sensación que te arranca suspiros y te devora por dentro ante el más mínimo indicio de que se cumpla lo esperado. Pero cuando ya está cumplido nunca puedes dar lo suficiente para seguir arrancando suspiros, y por eso las consecuencias, llega un punto en que te encuentras en el callejón sin salida, como Pinky en su pared, sabes que tomes la decisión que tomes ante determinada situación, las consecuencias no serán lo que esperas. Y ahi es cuando no sabemos decidir, siempre se mide a través de lo que pasará y en base a eso determinas lo que «conviene», no lo que sea mejor, no lo que este bien, no lo correcto, sino lo que convenga. ¿Pero si ningún camino conviene? El azar lo decide, como en realidad siempre lo decide, solo que nos sentimos lo demasiado importantes para creer que nuestras decisiones son las que guian nuestras vidas. La cuestión es como hacer verdaderamente para que el azar haga su parte sin ninguna participación externa. Quiero simplemente fluir, como si fueran ideas, como si fuera una borrachera de pensamientos….


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