Objetivos de vida

diciembre 26, 2017

Al salir de la escuela, podía pasar horas en un café mirando caminar a los peatones, a los estudiantes vestidos de colores llamativos que realizaban encuestas en los lugares turísticos como Odéon o Place Saint-Michel. Todo el mundo iba de prisa. Me intrigaba el ritmo apremiante de esos pasos, tan distintos de los míos, que la mayoría de las veces carecían de un destino preciso. Seguramente todos ellos tenían un objetivo en la vida, y acababa preguntándome cómo había hecho yo para quedar fuera de esa dinámica. Era como si las personas que me rodeaban poseyeran una información que nadie me había transmitido o como si en algún momento de su vida alguien les hubiera revelado un secreto que yo, por un motivo u otro, desconocía. Era así de simple: ellos tenían claro lo que hacían en el mundo, yo no. Ellos eran los protagonistas de algo apasionante o estúpido —como puede ser cualquier vida—, yo era la espectadora de una película cuyo inicio no recordaba.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel


Plan de vida y carrera II

septiembre 11, 2011

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque no lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Capítulo IV: «Arriba, arriba, arriba» de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel Vásquez


Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar