¿Cuándo el amor es propiamente amor?

agosto 26, 2013

Decir: “La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede”, escribirlo, leerlo, subrayarlo, asumirlo, era asirse a la última cuerda que quedaba, ya no para salvarse de caer en un idilio irracional, por prematuro, sino siquiera para retardar esa caída.  Pensaba: No puede ser, no es. Y omitía de paso la palabra “amor”, pues de sólo nombrarlo podía conjurarlo. Pensar: “Estoy muy apasionado porque estuve muy solo”, es dar a la soledad el rango de enfermedad, y a la pasión volverla medicina (…) Uno sube la dosis de la droga porque no quiere de la nada ni el recuerdo. (…) aplicaba una suerte de ungüento lacerante y anestésico sobre la carne viva de la soledad, de manera que al día siguiente había menos dolor y más herida, y a medida que la enfermedad se conservaba en secreto, recurría a la pasión para transfigurarla, sin pensar que tal método equivalía a cultivar los gérmenes en el lecho propio de la herida. ¿Podía esa gangrena que le explotaba dentro llamarse propiamente amor?

¿Pero cuándo el amor es propiamente amor? ¿Puede uno amar a quien le acompañó por una hora? ¿Por dos horas, dos meses, dos años, dos minutos? ¿Se ama a quien se conoce, justamente por eso, o es quizás al revés; conocemos para mejor desconocer, y así poder amar sin el estorbo de la realidad? ¿No es cierto que quienes más se aman son a veces quienes menos se conocen? Ni una sola de estas preguntas se plantea jamás para buscar respuesta verdadera. Ninguna la tiene, ni la tendrá, a menos que uno decida imponérsela, casi siempre de acuerdo con su más absoluta inconveniencia. Incluso sin respuesta, lanzadas al espacio estratosférico de los propios insomnios, las preguntas que apuntan hacia la probable existencia del amor suelen aparecer cuando no queda tiempo, ni voluntad, ni siquiera osadía para ponerlas en duda. Preguntarse si por casualidad se ama equivale a plantear una alternativa entre felicidad y desdicha, buena y mala fortuna, besos y bofetadas. Se elige ser feliz, besado, afortunado, aun en la certeza de que sucederá lo opuesto, igual que se le dice “que te vaya bien” a un enfermo terminal. Elegimos a veces a costillas de la conveniencia y el sosiego, por razones tan inaccesibles como irracionales, por eso las preguntas laten sin respuestas, y al final son capaces de aceptar cualquiera. El amor es más parecido a las mentiras. Justifica u opaca la razón, por derecho o torcido que parezca, no requiere de justificaciones, se reproduce a la menor provocación y exige todo el crédito del mundo. Además de que nadie o casi nadie puede vivir tranquilo en su total ausencia. Por eso, cuando vienen las preguntas, lo hacen acompañadas de su correspondiente hilera de respuestas obvias. Sí. Claro. Por supuesto. Para siempre. ¿Por qué no? Cualquier cosa con tal de no quedarse en esta orilla solitaria, qué más da si después del amor está la nada. ¿O es que alguien está aquí sin entender que al final de la vida no queda más que muerte?

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Viajando alto

agosto 13, 2013

Cuando la música te estremece con espasmos luminosos como los del sol, sientes que te haces corto y que estamos viejos, como esos hongos que salen y se extinguen.

El ejercicio se vuelve surrealista porque ver la mano como un ente propio moverse y tambalearse al asilo de la luz y sin reparo de lo que la cabeza le mande es como perderse en uno sueño de lo intangible.

Que dolor de pensar

Que fuerte huele el mezcal

Intenso el saldar

de este bacanal


3 años

agosto 10, 2013

Tres años. Lo que algunos antropólogos y darwinistas afirman que dura la experiencia que reconocemos como amor. Es decir, la etapa en que los cerebros de una pareja producen feniletilamina como dos máquinas desaforadas operando igual que el cerebro de un usuario habitual de anfetaminas. Al término de ese periodo, similar a una droga dura que deja de suministrarse de un día para otro, sobreviene la resaca insufrible y espantosa. Dichosos de aquellos que logran salvarla y sobrevivir en el intento, porque de ellos será el reino de los opiáceos. El estupidizamiento del matrimonio. El placebo del adulterio. O, dicho de otra forma, el carril lento de las endorfinas.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


La ebriedad para soportar la vida

enero 4, 2011

La experiencia que produce te acerca a la metafísica y a la mística. Cuando se fuma marihuana por primera vez, se abren los sentidos: enseña a comer bien, a oler bien, a sentir bien la música. Pero basta una o dos veces para aprender. Si no, acaba creando un ejército de necios sensuales y perezosos que se sienten genios.

Necesitaba saber cómo era la mente de un sabio. Yo no tenía esa mentalidad, y percibía mis límites. Era un ácido puro, un polvo que disolvió en un zumo de naranja. Una hora más tarde me dio un cigarro de marihuana. Fueron dos sesiones en las que aprendí mucho y rompí mis propios límites. Yo creo que estas experiencias no deben hacerse por espíritu festivo, tampoco solo ni en compañía de alguien que no haya alcanzado un alto nivel de conciencia. Puede ocurrir que durante la toma veas a esa gente como demonios.

La consecuencia es que me abrió la mente y me sirvió para demostrarme hasta dónde podía llegar. Gurdjieff decía que las drogas son para eso: tú estás en el sótano de un edificio y la droga te hace subir a la terraza de golpe. Estás en el garage y te hace saltar cincuenta pisos. Ves todo el horizonte, toda la ciudad, y cuando vuelves, te das cuenta de que para llegar de nuevo arriba tienes que trepar todos los pisos tú solo, sin drogas.

Esa experiencia puede resultar un ritual muy sabio si prescindimos de inyectarle dioses. Porque eres tú quien tiene que hacer el viaje, sin dejarte teledirigir desde fuera ni que te impongan arquetipos; entre otras cosas, porque tus arquetipos están dentro de ti y tu viaje es tuyo.

Para mi fue un gran paso. Recomiendo hacerlo al menos una vez y de una manera guiada.

Estamos acostumbrados a vivir en un mundo lineal, en una arquitectura cúbica y racional, y por eso estamos obligados en un momento dado a romper las limitaciones. Muchas veces no podemos hacerlo, precisamente porque estamos presos en la mente. Por eso tenemos que realizar una experiencia en que nuestros mecanismos de percepción salten con el fin de conocer otros mundos.

Peyotes

Los chamanes eran gente primitiva; pero ahora somos nosotros los que queremos tomar hongos a nuestro aire, no con sus ritos. Yo no voy a tomar nada con un chamán, a la antigua. ¿Para qué? ¿Para que tomando ayahuasca se pongan a cantar a la Virgen María o a la serpiente? ¿Qué me importa todo eso?

Cuando tomas sustancias debes estar en la naturaleza, esperando que llegue la luz del día, con la menor interferencia posible. Basta con un maestro que te diga por aquí y por allá. Y con una o dos tomas es suficiente para que el cerebro se te abra bien para toda la vida.

Hay que decir que estas experiencias cambian de función y de resultado según los niveles de conciencia que tenga quien las toma. Hay gente con un nivel de conciencia casi animal que puede perderse o acentuar su tendencia enfermiza con las sustancias.

No se debe tomar este camino con personas que son incapaces de absorber la vivencia, porque te intentarán arrastrar y sacar de tu viaje. Da drogas a los soldados y los convertirás en asesinos. No pensemos, como pretendían algunos, que al echar LSD en las fuentes de una ciudad vas a mejorar a la sociedad. Eso sería un peligro público.

La ayahuasca ha caído en manos de gente con mentalidad romántico-infantil y la ha convertido en religión. Grave error. Los grados de conciencia bajos, de manera sistemática, malgastan estas energías. Pero está claro que en un momento dado, cuando se accede a una formación social racional, como la que nos imparten, es necesario que la gente que tiene responsabilidades tenga una experiencia para que sepa qué hay más allá de lo racional.

¿Qué gano con ver alucinaciones y cosas que ya conozco? La experiencia es hermosa, de acuerdo, pero ¿qué voy a encontrar allí? Es útil cuando sientes que tienes un límite y tomas para que te ayude a superarlo. La persona con bajo nivel de conciencia se asusta si descubre que tiene un límite, se enoja y llora al saberlo. La persona con un nivel más alto de conciencia lo único que desea es que le digan dónde están sus límites para poder vencerlos, y lo agradece porque podrá mejorar. La gente con bajo nivel de conciencia anda buscando que alguien le confirme sus valores, pero la gente con alto nivel de conciencia lo que busca es que alguien le marque sus defectos para superarlos.

«Llaves del alma» De Lecciones para mutantes, en Psicomagia, Alejandro Jodorowsky.


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