Especulación (chaqueta mental)

diciembre 26, 2017

En esas semanas, perdí y recuperé a Tom muchas veces en una serie infinita de especulaciones a las que me entregaba sin precaución alguna, ignorando aún que la especulación es un ácido corrosivo que destruye la esperanza. En vez de resignarme, me estaba haciendo daño con esa serie de promesas y decepciones imaginadas, de llamadas que no eran las suyas, de cartas que no aparecían nunca en el buzón, de noches solitarias que desperdicié escuchando los ruidos de mis vecinos, sólo para comprobar que habían desaparecido los suyos y que de su casa no provenía nada más que un irremediable silencio. Las cosas se transformaban a mi alrededor como si la realidad fuera el patrimonio de los otros, de los que no vivían esperando. Empecé a tener la sospecha de que había ido a Sicilia para ver a otra mujer. La duda se convirtió en un verdadero suplicio.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel


Drama

diciembre 26, 2017

Después del desconcierto, me asaltó la indignación: una vez mas, estaba atrapado en una telaraña emotiva, uno de esos dramas imaginarios que las mujeres son expertas en fabricar. Durante más de tres días —el tiempo que Menahovsky tardó en volver a la ciudad— tuve la oportunidad de observar a Ruth despojada de su sempiterna calma: un espectáculo lamentable. No sólo había perdido su mayor atributo, sino que por unos días se convirtió en un ser atormentado y sufriente, algo así como la otra cara de la moneda. Lo peor es que yo no podía sino preguntarme si la verdadera Ruth Perelman era mas parecida a esto que a la mujer que yo había conocido hasta entonces. Si esa corta pero intensa depresión hubiera tenido lugar en una privacidad absoluta de la que sólo hubiese percibido algún eco cada vez que yo llamara para tener noticias, probablemente mi reacción habría sido muy distinta. Quizás habría llegado a compadecerme de ella de una forma genuina, incluso a sentir ternura y preocupación, pero, como asegura Mario, una mujer sólo sufre en silencio si no tiene un teléfono cerca y el loft de Tribeca estaba lleno de estos aparatos. A esa llamada nocturna siguieron otras seis, todas en el transcurso de la madrugada.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel


Tedio

diciembre 26, 2017

Además, como he dicho antes, no creo en el amor como un encantamiento, pero sí en una serie de pactos y complicidades, de recreos compartidos y preferencias. Claro está que los pequeños placeres que Ruth y yo nos dábamos no eran en nada comparables a los que yo me procuro a mí mismo en los instantes de soledad y recogimiento. Jamás me habría venido a la mente, por ejemplo, la idea de recitarle un poema de Vallejo. Tampoco podría sentarme a escuchar junto a ella alguno de mis discos favoritos, ni siquiera a leerle una página de Walter Benjamín o de Theodor Adorno. No, las aficiones que Ruth y yo compartíamos eran pequeñas, casi nimias, como el buen vino, las películas francesas y los embutidos polacos. Esas afinidades, por minúsculas que fueran, resultaban lo suficientemente sólidas como para sostener nuestra vida común, el equilibrio que nos permitía convivir armónicamente una o dos veces por semana. Por desgracia, pocas cosas son tan efímeras como el placer.

En cuanto me acostumbré a ellos, tanto la tranquilidad como el silencio de Ruth dejaron de conmoverme. Es triste si se piensa: cuando dos personas no están enamoradas, como era el caso —al menos para mí—, el aburrimiento siempre termina infiltrándose como los hongos en la comida que uno deja demasiado tiempo en el refrigerador, y así sucedió con nosotros. Llegó un día en que el tedio se introdujo en nuestros encuentros.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel


Amor complicado e infeliz

diciembre 26, 2017

¿Por qué Teresa no sirvió como suplente de Norma? Yo quería que Teresa me gustara, hice todo lo posible para que Teresa me gustara, palabra de honor. Necesitaba que me gustara alguien. Era fácil que ella te gustara: los hombres la seguían por las calles, recibió invitaciones para trabajar en cine, las amigas adoraban su espíritu deportivo, sabía lucir tanto un bikini como un vestido de baile. Estaba aprendiendo a leer los buenos libros que yo le prestaba; tenía un olor a fruta madura, un olor a árbol mojado, un olor a fuerza y salud, un olor a limpieza, un olor a niño de seis años después del baño; me amaba como una loca, era una perra constantemente en celo – pero tal vez fuese por eso, porque me amaba locamente, que yo no conseguía amarla en la misma medida: qué clase de pervertido era yo, necesitaba incertidumbre, necesitaba luchar por mi amor, como hacía con Norma, para continuar amando. Véase como el hombre es un ser complicado e infeliz. Dirán: no todos son así, están los normales, ésos que sólo quieren a las mujeres que los quieren, ésos que sólo quieren lo que pueden alcanzar, aquellos que sólo hacen lo que pueden hacer, aquellos que sólo van adonde pueden ir. Pero Norma estaba hecha de imposibles, de frustraciones y rechinar de dientes, de audacia, de imprecaciones, de sufrimiento y esplendor, de ferocidad, tenacidad, crueldad y obstinación. Eso sólo Norma me lo daba. Y como Teresa no me había hecho olvidar a Norma, me empeñé en que tenía que buscar otra. Otra que me llenara la vida.

“Informe de Carlos” – Rubem Fonseca
El collar del perro


Pensamientos de amor

diciembre 26, 2017

Sí, porque el amor era algo más que la satisfacción de los deseos; era algo más. Era algo complejo que ella sentía aun después de las dudas provocadas por el silencio. Porque claro, el amor no eran aquellos instantes eróticos, sino estos: los pensamientos, la paz de saber por encima de las dudas que amaba a alguien. Todo estaba claro, el amor era esta serenidad después de la suave batalla entro los cuerpos. El amor era una verdad revelada en esos instantes.

“Una actitud sincera” – Parménides García Saldaña
El Rey Criollo


Rubias

diciembre 26, 2017

Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter. Tan suave y blanco como el empedrado de la acera. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.

Existe la rubia dulce, dispuesta y aficionada a la bebida, y que no le importa lo que lleva puesto — siempre que sea visón —o adónde va— siempre que sea el “Starlight Roof” y haya mucho champaña seco—. Existe la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común que sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Existe la rubia pálida, pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo La tierra perdida o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música, y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.

Y, por último, existe la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en Cap d’Antibes, un coche Alfa Romeo completo, con chófer y acompañante, y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa conque un anciano duque dice buenas noches a su criado.

“El largo adiós” – Raymond Chandler


Pérdida de encanto

diciembre 26, 2017

Soy soltero, a pesar de que ya paso de los cuarenta. Nunca encontré una mujer de quien me enamorara lo suficiente como para querer casarme con ella. Así, vivía cambiando de amantes. Mi pasión por una amante duraba unos seis meses. Después, con mucho ingenio y arte, lograba librarme de ella. Todas continuaban siendo mis amigas, todas eran muy inteligentes, de no haberlo sido no habría logrado hacer el amor con ellas. Me gustaba hablar con las mujeres en la cama, decir lo que yo quería decir y oír lo que ellas querían decir. Si era una de aquellas a las que les gusta hablar, no la interrumpía, la oía con atención.

Pero no era eso, esa letanía verbal, la que causaba la separación. El problema era que después de unos meses, en raros casos después de un par de años, la mujer perdía el encanto, sus ojos ya no me parecían tan lindos, ni su boca tan fascinante, ni su cuerpo tan provocativo. Eso me entristecía, sabía que la culpa de la ruptura era únicamente mía: cesaba mi capacidad de mantener la comunión física y espiritual necesaria en el amor, y eso me entristecía.

“La mujer del CEO” – Rubem Fonseca
Axilas y otras historias indecorosas


Cuéntale a tu madre más cosas sobre ella

diciembre 26, 2017

Querido hijo, qué sorpresa recibir tu correo con tantas novedades, si bien tu madre hubiera preferido que la llamaras y se las contaras por teléfono. Tú sabes muy bien que tu madre no es una de esas madres melodramáticas, ¿pero no podrías haber llamado en Nochebuena? Créele a tu madre que tu llamada hubiera ayudado a hacer un poco menos desgraciada la noche, sobre todo porque tu madre pasó el disgusto de ir a cenar a cada de tu tía Concha. Sí, ya sé lo que debes estar pensando, que tu madre para qué fue si luego se la va a pasar quejándose, pero ya sabes cómo es tu padre, tu tío lo llamó para invitarnos y no se atrevió a decirle que no, por lástima, y luego le vino a tu madre con el cuento de que ahora más que nunca la familia tenía que estar unida. ¡Como si la muerte de tu primo borrara todas las groserías y los desplantes que tu tía le hizo a tu madre en el pasado! ¿Te acuerdas de la vez que se levantó a media cena para preparar una salsa porque decía que a tu madre se le había secado el pavo? Tu madre sí se acuerda. Era una receta de la Provenza y tu tía le echó encima una salsa de chile guajillo. En ese tipo de detalles, hijo, es donde se ve la diferencia de cuna.

Y encima tu padre le salió a tu madre con chantajes emocionales. Imagínate que hubiera sido Juan, le dijo a tu madre, con cara de perrito atropellado (perdónale a tu madre la comparación, pero tú que estudiaste letras sabes mejor que nadie lo importantes que es la precisión del lenguaje). Imagínate que Juan estuviera muerto, le decía tu padre a tu madre. Tu padre de verdad no tiene remedio. Si tú estuvieras muerto lo último que tu madre querría sería tener a tu tía sentada en el comedor de la casa esperando a que tu madre le sirva la cena. Pero tu madre le dijo a tu padre que a ti una cosa así nunca te pasaría, para empezar porque desde chiquitos tú y tu hermana aprendieron que los puentes se pasan por arriba y no por abajo, ésa es la única enseñanza útil que les dio haber nacido en ese pueblo rascuache de Los Altos.

Qué te costaba llamar, hijo, tu padre quiso esperarse hasta las ocho de la noche a ver si llamabas, tu madre le dijo que no ibas a llamar, que en Europa ya eran las tres de la mañana, pero tu padre no entiende de husos horarios. Por fin se resignó a la idea y sacó del refrigerador las botellas de sidra que había comprado para llevar a la cena y que tu padre sabe muy bien que a tu madre le dan agruras. Se quedó muy sentido tu padre, Juan, escríbele a tu padre cuando puedas, o mejor llámalo, invéntale alguna excusa complicada para explicarle por qué no llamaste, que de algo sirvan todos esos libros que has leído, invéntale cualquier cosa, tu padre todo se lo traga. El otro día tu padre estuvo como media hora mirando fijamente por la ventana de la sala, sin hacer ni decir nada, y cuando tu madre le preguntó qué miraba, ¿sabes lo que respondió? Que la luz del invierno lo subyugaba. ¡Que la luz lo subyugaba! Tu padre de verdad que saca de quicio a la pobre de tu madre. En esa media hora, si hubiera estado en el consultorio en lugar de metido en la casa, habría atendido a tres o cuatro pacientes.

Pero tu madre no te escribe para contarte sus problemas con tu padre, tú bien sabes que tu madre no es de esa clase de madre, tu madre te escribe para decirte que tus noticias fueron el mejor regalo de Navidad que podría haber recibido. ¡Ay, hijo, qué felicidad me has dado! Si tan sólo hubieras contado a tu madre antes de la cena tu madre habría podido contarle a toda la familia que ahora tienes una novia europea. A tu madre le habría encantado ver las caras de tus primos, ¡y la cara de tu tía Concha!, tu madre tuvo que conformarse con imaginársela cuando la llamó por teléfono para contarle después de recibir tu correo. Hubieras visto el silencio que se hizo, hijo, cuando tu madre le anunció, y que conste que sin alardes: Concha, te llamo para informarte dos cosas. Primero, que Juan Pablo y Valentina han terminado. Y segundo, que ahora mi hijo tiene una novia catalana de una familia europea de abolengo. Tu madre casi pudo escuchar a la sirvienta pasando el trapeador a los pies de tu tía.

Hijo, tu madre sabe que no está bien hacer leña del árbol caído, pero en este caso tu madre cree que es importante que sepas que tu madre siempre supo que Valentina no era una elección adecuada. Si tu madre te lo dice sólo ahora, hijo, no es como un reproche, de ninguna manera, tu madre sería incapaz de algo así, tu madre no es esa clase de madre, sino que tu madre lo dice como una felicitación. Qué bueno que recapacitaste, Juan, esa Valentina tan chaparra, con ese nombre de salsa, los ojitos tristes y ese pelo aplastado de india, la pobre, la verdad es que ella no tiene la culpa, con esa familia que bajó de la Huasteca a tamborazos. Pero tu madre no puede preocuparse por ella, que nuestra familia no es una institución de caridad para andar recogiendo muchachitas y darles oportunidades en la vida. Eso tu madre se lo deja al gobierno veracruzano. A tu madre le queda corazón y energía sólo para preocuparse por tu futuro, hijo, y por eso tu madre está tan contenta.

Tu madre no va a ocultarte que además de contenta está aliviada, tu madre siempre ha estado preocupada por tu carácter, por esa tendencia que tienes a agachar la cabeza y obedecer órdenes, en eso saliste a la familia de tu padre. Son todos igualitos. Tan revoltosos que son en Los Altos para que luego resulten puros agachones. Que no te indigne, hijo, que tu madre te diga la verdad, que no te nuble la razón la honestidad de tu madre. Tú fuiste el que le dio a tu madre motivos de sobra para estar angustiada, con todas esas decisiones equivocadas que ibas tomando, estudiar una carrera sin futuro, irte a vivir a una ciudad subdesarrollada, enamorarte por lástima, tu madre sabe que tú sabes muy bien de qué está hablando. Todas esas cosas a alguien que no te conociera como te conoce tu madre podrían parecerle señales de rebeldía, de una persona con carácter fuerte y que sabe lo que quiere en la vida, pero en realidad eran exactamente lo contrario, berrinches para simular una confianza en ti mismo que no tenías. Cuando eras niño, lo que más mortificaba a tu madre era justamente eso, que no tuvieras confianza en ti mismo para defenderte, ya fuera de tu hermana, que incluso siendo menor que tú todo el tiempo te humillaba, de tus compañeros de la escuela que te hacían la vida imposible (¿te acuerdas de cuando te hacían llorar y no querías salir de abajo de mi falda?), o de tus primos, que desde chiquitos ya eran unos salvajes.

¿¡Quién te viera ahora!? ¡Con una novia europea! ¡Y muy guapa se la ve en la foto! (aunque tu madre te pide que le mandes otra foto donde se la vea más de cerca, porque en esa que le mandaste a Laia se le ve una sonrisa medio rara).

Tu madre debe confesarte que hasta hace muy poco, hasta que avisaste que te ibas a estudiar a Europa, la incertidumbre de tu futuro no la dejaba vivir. La verdad es que tu madre se equivocaba. ¿Pero cómo iba a a saber tu madre que detrás de tantos errores había un plan, un verdadero proyecto de vida? Tienes que reconocer que tu madre tenía razones de sobra para vivir desconsolada. Ya te imaginaba tu madre dando clases de español en una secundaria pública de Pachuca o en una preparatoria privada de Guadalajara (donde ibas a ser la burla de todos los estudiantes), casado con esa pobre Valentina para la que vivir en un departamento de dos cuartos con agua potable y luz ya hubiera significado un ascenso social. Pero tu madre estaba equivocada y a tu madre no le cuesta reconocerlo, que lo que importa no es el orgullo de tu madre, lo que importa es tu futuro. Tu madre está orgullosísima de que aquel escuincle miedoso que se orinaba en la cama hasta los once años se haya convertido en este adulto exitoso que vive en Europa.

¡Si tan sólo le hubieras avisado a tu madre antes de la cena, ésa habría sido la Navidad más feliz de su vida! En cambio, tu madre tuvo que aguantar a tu tía Concha, que es tan egoísta que no deja que nadie hable de otra cosa que no sea la cadena de desgracias que les han sucedido desde que falleció tu primo. Como si no hubieran pasado ya dos meses. Yo le dije que ya iba siendo hora de que lo superaran. Pero no hay manera de que tu tía escuche, lo único que le interesa es desahogarse hablando de la mentada fundación que dizque andan creando, la fundación para la memoria de tu primo, un instituto para enseñar a cruzar las calles ¿sí te conté? Nos pasamos la noche viendo logotipos para la fundación, tu tía quería que votáramos cuál era el mejor, y todos eran horribles, los diseñó tu primo Humberto, que ni acabó la carrera (¿o si la acabó?), todo por ahorrarse mil pesos, ¿o cuánto crees que cobren por el dibujo de un logotipo? Ya te puedes imaginar cómo va a ser la fundación si todo quieren conseguirlo con favores. A tus primos tu madre los descubrió en un rincón riéndose a carcajadas de un logotipo que no les enseñaron a tus tíos. Era una foto de un atropellado a la que le habían pegado la cara de tu primo y abajo decía: Fundación El Apachurre. De veras que tus primos son unos salvajes.

……

Pero tu madre no te escribe para hablarte del pobre de tu primo, que en paz descanse, ni de las impertinencias de tu tía o de los cuentos de la sirvienta. Lo que tu madre quería era decirte lo feliz que la hizo tu correo, y que ya está esperando con ansias que le mandes otro retrato de Laia para conocerla mejor. Cuéntale a tu madre más cosas sobre ella, su familia, su carácter, a qué se dedica su padre. Ya se ve en la foto, aunque de lejos, que es de buena familia, que para eso tu madre no necesita verla de cerca, esas cosas se distinguen a la distancia. Perdona la pregunta, hijo, ¿pero Laia estaba mordiendo algo en la foto o qué tiene en la boca que se le ve medio torcida? ¿Un chicle? Mándale a tu madre un retrato de rostro, y no te tardes, no tengas a tu madre esperando muchos días, que ya sabes que la curiosidad le sube el azúcar.

Pasando a otros temas, menos agradables, tu madre no sabe si has hablado con tu hermana o si te estás escribiendo con ella. Tu madre te cuenta por si no lo sabes. Ahora resulta que se le metió en la cabeza que en la empresa la están subestimando y que, si no le suben el sueldo y le dan mejores prestaciones, va a renunciar. Escríbele a tu hermana cuando puedas y dile que se deje de tonterías, si se queda sin trabajo qué va a hacer, tu hermana tiene que darse cuenta de sus limitaciones, está mal que lo diga tu madre, pero tu hermana no nació para grandes cosas. Tu madre no quiere tener a tu hermana metida todo el santo día en la casa, tu madre ya tiene suficiente con sus cosas.

Ay, hijo, a tu madre otra vez le salió un correo muy largo pero has de entender lo ilusionada que está, no es todos los días que una madre se entera de que por fin su hijo le ha puesto el rumbo correcto a su vida. Tu madre te deja, pues, hijo, que debes estar muy ocupado. Tu madre te manda un abrazo muy fuerte y te recuerda que no te olvides de mandarle el retrato de Laia.

Un retrato de rostro, por favor, para tu madre que te extraña.

“No voy a pedirle a nadie que me crea” – Juan Pablo Villalobos


Cigarro de mujer a medio terminar

agosto 26, 2013

Ni si quiera sonrió, sólo se fue. Pig levantó el cigarro, miró el color naranja del bilé  decidió chuparlo largamente. Luego tosió y tosió, y todavía así volvió a chupar el humo. Siguió tosiendo, se dobló, jaló aire, sintió los ojos empapados y sin poder hablar pensó, intermitente, fragmentariamente, mientras le hacía señas a un mesero  para que le trajera un vaso de agua, que no hay en este mundo situación más jodida que la de un hombre solo en una mesa con un cigarro de mujer a medio terminar. Peor todavía, a medio comenzar. Por eso prefería continuar ahogándose con su penoso rictus de no-fumador, antes que compartir la mesa con el cigarro solitario y todavía humeante. Prefería imaginarla riéndose a sus costillas, con mandíbulas, párpados y pupilas danzando juntos sólo para él.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


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