La eyaculación esteril

agosto 10, 2013

Anselmo albergaba un vago e inarticulado sentimiento de que, para toda una generación, su generación, desear fuera el anhelo. Fornicar. Follar. Garchar. Templar. Tirar. Coger. Apremiados por una fiebre indócil de posesión del otro. Todo lo demás, lo que sucediera en la cama antes y después de coger, no dejaba de considerarse mera política. Una política de lo correcto. Etiqueta. Para Anselmo no eran sino cautivos de una estética sexual de lo efímero fomentada por la sociedad de consumo y sus ritos. Había belleza en un episodio sexual en tanto se mantuviera así. Episódico. De eyaculación estéril. Libre de riesgo de contagio. Libre de ataduras y consecuencias a futuro entre los implicados. Libre de amor. Aunque con frecuencia, desear y consumir eran confundidos con amar. Y la capacidad de consumir, a su vez, era interpretada como un síntoma irrefutable de bienestar. No en balde, decía Anselmo, el porcentaje del PIB se había vuelto el indicador fetichista del bien social. Se medía la felicidad de una sociedad por su capacidad de intercambiar dinero de la misma manera en que ahora una generación entera medía su bienestar amoroso y sentimental por su capacidad de ofertar o intercambiar fluidos corporales sin compromiso. Habían malbaratado tanto los estándares con que sus padres y madres solían medir el fenómeno conocido como amor, que podían creer haberlo encontrado incluso en una cogida casual de una noche. Pero él y sus congéneres no hacían con ello más que apaciguar el temblor existencial por unas horas. Llenos de angustia por el vacío que esa pérdida les causaba al día siguiente, siempre en pos de la novedad, hijos e hijas de la cultura del consumo, cada vez que iniciaban una experiencia amorosa lo que realmente hacían era lo contrario. Desaprender a amar.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


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