Objetivos de vida

diciembre 26, 2017

Al salir de la escuela, podía pasar horas en un café mirando caminar a los peatones, a los estudiantes vestidos de colores llamativos que realizaban encuestas en los lugares turísticos como Odéon o Place Saint-Michel. Todo el mundo iba de prisa. Me intrigaba el ritmo apremiante de esos pasos, tan distintos de los míos, que la mayoría de las veces carecían de un destino preciso. Seguramente todos ellos tenían un objetivo en la vida, y acababa preguntándome cómo había hecho yo para quedar fuera de esa dinámica. Era como si las personas que me rodeaban poseyeran una información que nadie me había transmitido o como si en algún momento de su vida alguien les hubiera revelado un secreto que yo, por un motivo u otro, desconocía. Era así de simple: ellos tenían claro lo que hacían en el mundo, yo no. Ellos eran los protagonistas de algo apasionante o estúpido —como puede ser cualquier vida—, yo era la espectadora de una película cuyo inicio no recordaba.

“Después del invierno” – Guadalupe Nettel


Cuéntale a tu madre más cosas sobre ella

diciembre 26, 2017

Querido hijo, qué sorpresa recibir tu correo con tantas novedades, si bien tu madre hubiera preferido que la llamaras y se las contaras por teléfono. Tú sabes muy bien que tu madre no es una de esas madres melodramáticas, ¿pero no podrías haber llamado en Nochebuena? Créele a tu madre que tu llamada hubiera ayudado a hacer un poco menos desgraciada la noche, sobre todo porque tu madre pasó el disgusto de ir a cenar a cada de tu tía Concha. Sí, ya sé lo que debes estar pensando, que tu madre para qué fue si luego se la va a pasar quejándose, pero ya sabes cómo es tu padre, tu tío lo llamó para invitarnos y no se atrevió a decirle que no, por lástima, y luego le vino a tu madre con el cuento de que ahora más que nunca la familia tenía que estar unida. ¡Como si la muerte de tu primo borrara todas las groserías y los desplantes que tu tía le hizo a tu madre en el pasado! ¿Te acuerdas de la vez que se levantó a media cena para preparar una salsa porque decía que a tu madre se le había secado el pavo? Tu madre sí se acuerda. Era una receta de la Provenza y tu tía le echó encima una salsa de chile guajillo. En ese tipo de detalles, hijo, es donde se ve la diferencia de cuna.

Y encima tu padre le salió a tu madre con chantajes emocionales. Imagínate que hubiera sido Juan, le dijo a tu madre, con cara de perrito atropellado (perdónale a tu madre la comparación, pero tú que estudiaste letras sabes mejor que nadie lo importantes que es la precisión del lenguaje). Imagínate que Juan estuviera muerto, le decía tu padre a tu madre. Tu padre de verdad no tiene remedio. Si tú estuvieras muerto lo último que tu madre querría sería tener a tu tía sentada en el comedor de la casa esperando a que tu madre le sirva la cena. Pero tu madre le dijo a tu padre que a ti una cosa así nunca te pasaría, para empezar porque desde chiquitos tú y tu hermana aprendieron que los puentes se pasan por arriba y no por abajo, ésa es la única enseñanza útil que les dio haber nacido en ese pueblo rascuache de Los Altos.

Qué te costaba llamar, hijo, tu padre quiso esperarse hasta las ocho de la noche a ver si llamabas, tu madre le dijo que no ibas a llamar, que en Europa ya eran las tres de la mañana, pero tu padre no entiende de husos horarios. Por fin se resignó a la idea y sacó del refrigerador las botellas de sidra que había comprado para llevar a la cena y que tu padre sabe muy bien que a tu madre le dan agruras. Se quedó muy sentido tu padre, Juan, escríbele a tu padre cuando puedas, o mejor llámalo, invéntale alguna excusa complicada para explicarle por qué no llamaste, que de algo sirvan todos esos libros que has leído, invéntale cualquier cosa, tu padre todo se lo traga. El otro día tu padre estuvo como media hora mirando fijamente por la ventana de la sala, sin hacer ni decir nada, y cuando tu madre le preguntó qué miraba, ¿sabes lo que respondió? Que la luz del invierno lo subyugaba. ¡Que la luz lo subyugaba! Tu padre de verdad que saca de quicio a la pobre de tu madre. En esa media hora, si hubiera estado en el consultorio en lugar de metido en la casa, habría atendido a tres o cuatro pacientes.

Pero tu madre no te escribe para contarte sus problemas con tu padre, tú bien sabes que tu madre no es de esa clase de madre, tu madre te escribe para decirte que tus noticias fueron el mejor regalo de Navidad que podría haber recibido. ¡Ay, hijo, qué felicidad me has dado! Si tan sólo hubieras contado a tu madre antes de la cena tu madre habría podido contarle a toda la familia que ahora tienes una novia europea. A tu madre le habría encantado ver las caras de tus primos, ¡y la cara de tu tía Concha!, tu madre tuvo que conformarse con imaginársela cuando la llamó por teléfono para contarle después de recibir tu correo. Hubieras visto el silencio que se hizo, hijo, cuando tu madre le anunció, y que conste que sin alardes: Concha, te llamo para informarte dos cosas. Primero, que Juan Pablo y Valentina han terminado. Y segundo, que ahora mi hijo tiene una novia catalana de una familia europea de abolengo. Tu madre casi pudo escuchar a la sirvienta pasando el trapeador a los pies de tu tía.

Hijo, tu madre sabe que no está bien hacer leña del árbol caído, pero en este caso tu madre cree que es importante que sepas que tu madre siempre supo que Valentina no era una elección adecuada. Si tu madre te lo dice sólo ahora, hijo, no es como un reproche, de ninguna manera, tu madre sería incapaz de algo así, tu madre no es esa clase de madre, sino que tu madre lo dice como una felicitación. Qué bueno que recapacitaste, Juan, esa Valentina tan chaparra, con ese nombre de salsa, los ojitos tristes y ese pelo aplastado de india, la pobre, la verdad es que ella no tiene la culpa, con esa familia que bajó de la Huasteca a tamborazos. Pero tu madre no puede preocuparse por ella, que nuestra familia no es una institución de caridad para andar recogiendo muchachitas y darles oportunidades en la vida. Eso tu madre se lo deja al gobierno veracruzano. A tu madre le queda corazón y energía sólo para preocuparse por tu futuro, hijo, y por eso tu madre está tan contenta.

Tu madre no va a ocultarte que además de contenta está aliviada, tu madre siempre ha estado preocupada por tu carácter, por esa tendencia que tienes a agachar la cabeza y obedecer órdenes, en eso saliste a la familia de tu padre. Son todos igualitos. Tan revoltosos que son en Los Altos para que luego resulten puros agachones. Que no te indigne, hijo, que tu madre te diga la verdad, que no te nuble la razón la honestidad de tu madre. Tú fuiste el que le dio a tu madre motivos de sobra para estar angustiada, con todas esas decisiones equivocadas que ibas tomando, estudiar una carrera sin futuro, irte a vivir a una ciudad subdesarrollada, enamorarte por lástima, tu madre sabe que tú sabes muy bien de qué está hablando. Todas esas cosas a alguien que no te conociera como te conoce tu madre podrían parecerle señales de rebeldía, de una persona con carácter fuerte y que sabe lo que quiere en la vida, pero en realidad eran exactamente lo contrario, berrinches para simular una confianza en ti mismo que no tenías. Cuando eras niño, lo que más mortificaba a tu madre era justamente eso, que no tuvieras confianza en ti mismo para defenderte, ya fuera de tu hermana, que incluso siendo menor que tú todo el tiempo te humillaba, de tus compañeros de la escuela que te hacían la vida imposible (¿te acuerdas de cuando te hacían llorar y no querías salir de abajo de mi falda?), o de tus primos, que desde chiquitos ya eran unos salvajes.

¿¡Quién te viera ahora!? ¡Con una novia europea! ¡Y muy guapa se la ve en la foto! (aunque tu madre te pide que le mandes otra foto donde se la vea más de cerca, porque en esa que le mandaste a Laia se le ve una sonrisa medio rara).

Tu madre debe confesarte que hasta hace muy poco, hasta que avisaste que te ibas a estudiar a Europa, la incertidumbre de tu futuro no la dejaba vivir. La verdad es que tu madre se equivocaba. ¿Pero cómo iba a a saber tu madre que detrás de tantos errores había un plan, un verdadero proyecto de vida? Tienes que reconocer que tu madre tenía razones de sobra para vivir desconsolada. Ya te imaginaba tu madre dando clases de español en una secundaria pública de Pachuca o en una preparatoria privada de Guadalajara (donde ibas a ser la burla de todos los estudiantes), casado con esa pobre Valentina para la que vivir en un departamento de dos cuartos con agua potable y luz ya hubiera significado un ascenso social. Pero tu madre estaba equivocada y a tu madre no le cuesta reconocerlo, que lo que importa no es el orgullo de tu madre, lo que importa es tu futuro. Tu madre está orgullosísima de que aquel escuincle miedoso que se orinaba en la cama hasta los once años se haya convertido en este adulto exitoso que vive en Europa.

¡Si tan sólo le hubieras avisado a tu madre antes de la cena, ésa habría sido la Navidad más feliz de su vida! En cambio, tu madre tuvo que aguantar a tu tía Concha, que es tan egoísta que no deja que nadie hable de otra cosa que no sea la cadena de desgracias que les han sucedido desde que falleció tu primo. Como si no hubieran pasado ya dos meses. Yo le dije que ya iba siendo hora de que lo superaran. Pero no hay manera de que tu tía escuche, lo único que le interesa es desahogarse hablando de la mentada fundación que dizque andan creando, la fundación para la memoria de tu primo, un instituto para enseñar a cruzar las calles ¿sí te conté? Nos pasamos la noche viendo logotipos para la fundación, tu tía quería que votáramos cuál era el mejor, y todos eran horribles, los diseñó tu primo Humberto, que ni acabó la carrera (¿o si la acabó?), todo por ahorrarse mil pesos, ¿o cuánto crees que cobren por el dibujo de un logotipo? Ya te puedes imaginar cómo va a ser la fundación si todo quieren conseguirlo con favores. A tus primos tu madre los descubrió en un rincón riéndose a carcajadas de un logotipo que no les enseñaron a tus tíos. Era una foto de un atropellado a la que le habían pegado la cara de tu primo y abajo decía: Fundación El Apachurre. De veras que tus primos son unos salvajes.

……

Pero tu madre no te escribe para hablarte del pobre de tu primo, que en paz descanse, ni de las impertinencias de tu tía o de los cuentos de la sirvienta. Lo que tu madre quería era decirte lo feliz que la hizo tu correo, y que ya está esperando con ansias que le mandes otro retrato de Laia para conocerla mejor. Cuéntale a tu madre más cosas sobre ella, su familia, su carácter, a qué se dedica su padre. Ya se ve en la foto, aunque de lejos, que es de buena familia, que para eso tu madre no necesita verla de cerca, esas cosas se distinguen a la distancia. Perdona la pregunta, hijo, ¿pero Laia estaba mordiendo algo en la foto o qué tiene en la boca que se le ve medio torcida? ¿Un chicle? Mándale a tu madre un retrato de rostro, y no te tardes, no tengas a tu madre esperando muchos días, que ya sabes que la curiosidad le sube el azúcar.

Pasando a otros temas, menos agradables, tu madre no sabe si has hablado con tu hermana o si te estás escribiendo con ella. Tu madre te cuenta por si no lo sabes. Ahora resulta que se le metió en la cabeza que en la empresa la están subestimando y que, si no le suben el sueldo y le dan mejores prestaciones, va a renunciar. Escríbele a tu hermana cuando puedas y dile que se deje de tonterías, si se queda sin trabajo qué va a hacer, tu hermana tiene que darse cuenta de sus limitaciones, está mal que lo diga tu madre, pero tu hermana no nació para grandes cosas. Tu madre no quiere tener a tu hermana metida todo el santo día en la casa, tu madre ya tiene suficiente con sus cosas.

Ay, hijo, a tu madre otra vez le salió un correo muy largo pero has de entender lo ilusionada que está, no es todos los días que una madre se entera de que por fin su hijo le ha puesto el rumbo correcto a su vida. Tu madre te deja, pues, hijo, que debes estar muy ocupado. Tu madre te manda un abrazo muy fuerte y te recuerda que no te olvides de mandarle el retrato de Laia.

Un retrato de rostro, por favor, para tu madre que te extraña.

“No voy a pedirle a nadie que me crea” – Juan Pablo Villalobos


Ilusos sin fronteras

noviembre 30, 2013

Gracias al novelista chileno Rafael Gumucio advertí una de las mayores carencias de estar lejos de México. Como yo, Gumucio vive en Barcelona con la mente en otro sitio: «Lo que más extraño de Chile es tener proyectos», me dijo. La frase cayó como una epifanía entre dos cafés cortados, nítida y perfecta. La razón de un vacío. A lo largo de tres años no he participado en nada que se defina por su entusiasmante condición de existir como futuro. Para bien o para mal, la realidad barcelonesa nos consta sin fisuras ni modificaciones en curso.

«Las cosas como son», dice la socorrida frase que en España no es reiterativa sino reveladora. En la patria de Galdós, el realismo ambiental goza de espléndida salud. Cada pueblo tiene sus formas de protegerse del delirio y yo admiro la robusta condición de quienes consideran que el inconsciente es una Patagonia para exploradores extremos o argentinos.

El otro día asistí a una ilustrativa conversación a propósito de la oreja de un poeta mexicano. Al ver los pequeños esparadrapos que le cubrían el lóbulo, le pregunté si seguía yendo al acupunturista. Mi curiosidad atrajo la de un arquitecto de Vitoria y un novelista de Zaragoza. Les asombró que un ser libre y racional creyera en supersticiones. El poeta contestó con elegancia: «Sí, soy supersticioso, pero la acupuntura tiene lógica». El arquitecto comentó: «Yo sólo creo en la lógica del dentista: ¡que hagan un hueco y lo rellenen!» Acto seguido, le dijo al escritor de Zaragoza que había comprado en Logroño dos cosas en las que podía creerse sin superstición alguna: pimientos y espárragos. Admiro la resistente composición de un alma que se ordena al modo de una bien llevada verdulería, donde las certezas son externas, y si acaso pasan al interior, son tramitadas por los dientes.

Desconfiados, tentativos, siempre híbridos, los latinoamericanos buscamos remedios chinos que nos pinchan las orejas. Más indoloro y prometedor resulta participar en un proyecto. De repente, alguien te invita a la versión mexicana del desembarco en Normandía: un desayuno de trabajo. Nuestro entorno es tan sorpresivo y transitorio que más vale intervenir temprano. Aunque los huevos rancheros se prestan poco para el hombre que tendrá que hacer la digestión en dos horas de Volkswagen, le entramos con fe a lo que no nos conviene, como si la voracidad incluyera su propio alivio y facultara para las proezas de las que nuestro interlocutor nos considera muy capaces.

Ante cambiantes platos de huevos divorciados he visto surgir estaciones de radio, revistas «tipo New Yorker«, videoconferencias para una red de palapas en el Caribe, periódicos de fábula («haz de cuenta El País, pero en San Ángel»), guiones para Scorsese, bibliotecas campesinas con el catálogo entero de Anagrama, obras de teatro a bordo de autobuses de la Ruta 100. En ese mundo rediseñado, nuestra participación no sólo parece posible sino decisiva. Se diría que hasta entonces estábamos en la reserva de lo real. De pronto, ante los bolillos en miniatura, estalla nuestro homérico atributo oculto (la voz original, el tono, la mirada, nuestra tremenda garra). Así nos lo hace saber el anfitrión, quien, conforme al código de la oferta y la demanda, come más papaya y menos guisos picantes que nosotros.

Nos despedimos de triple abrazo ante la mirada de Caronte del valet-parking para diluirnos en la marea de la ciudad, contentos de disponer del tono, la mirada, la tremenda garra.

Más allá de las minucias gástricas, el desayuno de fichaje te lleva a un día excepcional. Mejorado por la promesa de un intangible porvenir, aceptas las deficiencias sin número que te rodean, enciendes un cigarro con la felicidad de saber que es único, acaricias con justicia al gato, lees con más calma el poema épico de Sigfrido Sifón (sigue sin ganar sustancia, pero juzgas que «tiene lo suyo»). Imposible discernir todos los actos secundarios que derivan del proyecto en ebullición y la punzante certeza de estar a punto de cambiar. Te casaste con Paty porque te sentías feliz de ser virtual Coordinador General y por una vez tuviste lo que hay que tener para marcar su celular. Ella contestó la llamada porque le habían ofrecido un trabajo en Tokio y todo, absolutamente todo, le parecía posible antes de salir de México. El anuncio de un futuro exagerado los hizo coincidir en la cama; la cancelación de ese futuro, los hizo reincidir.

Cada día, una franja de México amanece en estado de casting. En las cafeterías el jugo de sábila con naranja circula tanto como los papeles de un reparto en movimiento. Habría que rendir homenaje a quienes nos benefician llenándonos de expectativas y nos redimen de la escasa realidad, permitiendo que ingresemos al club de Ilusos Sin Fronteras.

Hasta la conversación con Gumucio no había reparado en la articuladora fuerza de lo que no ocurre. Su observación me hizo recordar un graffiti en el df que me parecía ingenioso y hoy me parece oracular: «Estamos cansados de soluciones: queremos promesas».

Para renovar nuestras expectativas, resulta esencial que no se cumplan. Sólo así puede ocurrir un nuevo plan de rescate. Cuando creías que la arquitectura no era lo tuyo, te llevan a un desayuno y durante dos tamales te piden que hagas para Coatzacoalcos lo que Frank Gehry hizo para Bilbao. Al salir, le prestas a tu dibujante el dinero que te había pedido para el aborto de su novia y por ningún motivo pensabas darle. Él, conmovido por el gesto, recupera la fe en la especie, decide tener el hijo y le pone Francisco (en tu honor y en el de Gehry).

“¿Hay vida en la tierra?” – Juan Villoro


La eyaculación esteril

agosto 10, 2013

Anselmo albergaba un vago e inarticulado sentimiento de que, para toda una generación, su generación, desear fuera el anhelo. Fornicar. Follar. Garchar. Templar. Tirar. Coger. Apremiados por una fiebre indócil de posesión del otro. Todo lo demás, lo que sucediera en la cama antes y después de coger, no dejaba de considerarse mera política. Una política de lo correcto. Etiqueta. Para Anselmo no eran sino cautivos de una estética sexual de lo efímero fomentada por la sociedad de consumo y sus ritos. Había belleza en un episodio sexual en tanto se mantuviera así. Episódico. De eyaculación estéril. Libre de riesgo de contagio. Libre de ataduras y consecuencias a futuro entre los implicados. Libre de amor. Aunque con frecuencia, desear y consumir eran confundidos con amar. Y la capacidad de consumir, a su vez, era interpretada como un síntoma irrefutable de bienestar. No en balde, decía Anselmo, el porcentaje del PIB se había vuelto el indicador fetichista del bien social. Se medía la felicidad de una sociedad por su capacidad de intercambiar dinero de la misma manera en que ahora una generación entera medía su bienestar amoroso y sentimental por su capacidad de ofertar o intercambiar fluidos corporales sin compromiso. Habían malbaratado tanto los estándares con que sus padres y madres solían medir el fenómeno conocido como amor, que podían creer haberlo encontrado incluso en una cogida casual de una noche. Pero él y sus congéneres no hacían con ello más que apaciguar el temblor existencial por unas horas. Llenos de angustia por el vacío que esa pérdida les causaba al día siguiente, siempre en pos de la novedad, hijos e hijas de la cultura del consumo, cada vez que iniciaban una experiencia amorosa lo que realmente hacían era lo contrario. Desaprender a amar.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


Lista de composturas

mayo 14, 2012

Con motivo de salir de México a pasar una temporada, se me ocurre hacer un examen de conciencia con el objeto de determinar qué es lo que más me irrita de este país, cuyo nombre anda en boca de tanta gente demagógica y que sin embargo es mi patria, primera, única y final. La verdad es que mientras más enojado estoy con este país y más lejos viajo, más mexicano me siento.

En primer lugar debo admitir que geográficamente hablando, México no tiene peros. Hay de todo. Hay precipicios, llanuras, montañas, desiertos, bosques, ríos que se desbordan, playas, etcétera. Todo esto cobijado por un clima relativamente benigno. Sobre todo, hay dónde escoger. Si no le gusta a uno el calor, se va al frío. Si no le gusta a uno la montaña, se va al llano.

Nomás que tiene defectos. El principal de ellos es el estar poblado por mexicanos, mucho de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores.

A la mayor parte de estas características, que son responsables, en parte, de que estemos como estamos, ya no les veo compostura ni a corto ni a mediano plazo.

El mexicano es acomplejado. Este rasgo no tiene nada de inexplicable. Raro sería que no lo fuera. Una buena parte de los mexicanos vive del favor gubernamental, que es como vivir en el seno materno, que no es el lugar propicio para desarrollarse cuando tiene uno cuarenta años. Otro grupo, más numeroso, está frustrado por su ocupación: el que aprendió a hacer mecate de lechuguilla tiene que hacerla de peón de albañil; el que era bueno para la yunta, vende chiles; el que sabe hacer campechanas, maneja un taxi, y todos, absolutamente todos, sabe que el único que prospera es el que tiene dinero que es algo de lo que ellos carecen, y que por consiguiente están condenados a pasar la vida nadando y estirando el pescuezo para no ahogarse.

Por si fuera poco, el mexicano es por lo común chaparrito, gordo y prieto, o en su defecto, chaparrita, gorda y prieta, y se pasa la vida entre anuncios donde aparecen rubios, blancos y largos, que corren por la playa, manejan coches deportivos y beben cerveza. ¿No es para estar acomplejado?

El mexicano, como todos los pueblos educados bajo una ética rigurosa –hoy caída en desuso-, está convencido de que el mundo está lleno de buenos y malos. Los buenos somos nosotros y los malos los demás. El siguiente paso del razonamiento consiste en suponer que todo lo que viene de fuera puede infectarnos, o, lo que es más serio en términos mexicanos, denigrarnos. Así han nacido varios instrumentos legales profilácticos de censura, cuya función puede ser anticonstitucional, pero brota de lo más profundo del alma mexicana, que de por sí quiere meterse en lo que no le importa y borrar lo que le molesta.

El mexicano es avorazado. ¿Por qué? Probablemente por hambre atrasada. La mayoría de los mexicanos han visto tiempos peores, y la mayoría, también, espera ver tiempos todavía peores que los pasados. Esto hace que un policía parado en una esquina jugosa sea detestado por todos los automovilistas que pasan, y al mismo tiempo, envidiado por muchos.

Además de hambre atrasada, el mexicano tiene muchas burlas a cuestas. Sabe que vive en un mundo infantil, en el que el que no llora no mama. Esto lo hace forzar la entrada en la vida. Avorazado no sólo de dinero, sino de posición, finge que no ve la cola y se mete directo a la taquilla, da la vuelta donde le conviene y causa un conflicto de tránsito; si es político, da un golpe cada vez que puede, en venganza de todas las vejaciones que le hicieron antes y preparación de los desastres que puedan venir.

Avorazados son todos, no nomás los comerciantes que suben los precios por si suben los sueldos. Si es pesero, se empeña en cargar siete pasajeros, y si es peatón se empeña a subirse en un camión en el que no cabe –por si ya no pasa otro nunca jamás.

Además de avorazados los mexicanos son quejumbrosos, y peor, están satisfechos. “Ni modo”, dicen, “así nacimos”. Lo cual es mentira. Todos los defectos que he señalado podrán corregirse si no hubiera aquí “fuerzas oscuras” tratando de fomentarlos.

“Instrucciones para vivir en México”, Jorge Ibargüengoitia. 


Presentación

septiembre 11, 2011

Uno se presenta: la palabra debe venir de allí, no de pronunciar el propio nombre y escuchar el nombre del otro y estrechar una mano, no de besar una o dos mejillas o hacer una venia, sino de esos primeros minutos en que ciertas informaciones insustanciales, ciertas generalidades sin importancia, dan al otro la sensación de que nos conoce, de que ya no somos extraños. Uno habla de su nacionalidad; uno habla de su profesión, lo que hace para ganar dinero, porque la manera de ganar dinero es elocuente, nos define, nos estructura; uno habla de su familia.

Capítulo IV: “Arriba, arriba, arriba” de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel Vásquez


Un cubo bien formado

enero 25, 2011

¿En qué momento nos encontramos ante nosotros dentro del cubo imaginario? Ese que nos aprisiona y limita nuestras capacidades. En vez de intentar irlo adelgazando, solo le agregamos más capas para quedar encerrados. Mientras alguien externo «calificado» no llegué a enseñarnos que hay una pequeña rendija por donde salir, no hay manera que nosotros la veamos…

Genesis – In the cage


Prácticas del Racionalismo

enero 24, 2011

Cuando el racionalismo entrá al organismo como una serie de procesos automáticos, y se está convencido de ello, la vuelta atrás es ilusoria. El hombre devora el mecanicismo traducido a rutina, le encanta disfrazar el comfort de las máquinas en espejismos de trabajos profesionales.

Se olvida del objetivo general mientras no sea sacudido fuertemente, y su cabeza empieza a funcionar cuando el temblor se aproxima, extrañamente, buscando maneras de aferrarse a lo mismo aunque el entorno esté indicando el error garrafal del sometimiento.

El cero esfuerzo es la bandera de toda una nueva generación destinada a obtener potencialmente todo en segundos menos el conocimiento de si mismos, dispuestos a defender cualquier idea impuesta y a posponer cualquier idea propia, a hacer revoluciones en nombre de otros pero no ser capaces de dar poco en nombre de todos.


Racionalismo

enero 9, 2011

Se incorporan las máquinas . ¡Se imitan las conductas de las máquinas! Ha llegado el pensamiento racional. «Eso no es lógico, no es posible, no puede ser». Las cosas que no nos parecen posbiles, no son aceptables. ¡Todo lo que no es lógico no nos vale! Eso trasluce la introducción de la máquina en nuestro imaginario, porque las máquinas son absoluta y totalmente lógicas. Tienen una finalidad muy clara, luego el hombre tiene que tener una finalidad nítida. Ser racional es bueno, pero ser solamente racional es una lepra, es una peste, una enfermedad. Cuando la sexualidad tomó el camino de la racionalidad a través de la religión, por ejemplo, se produjo una catástrofe. Se creó una moral racional que se ha extendido a toda la sociedad, y que es profundamente destructiva. Al incorporar la racionalidad al sexo se crea un problema, que nos ha conducido más tarde, precisamente, a romper la racionalidad.

“Curso acelerado de creatividad: Historia del imaginario” De Lecciones para mutantes, en Psicomagia, Alejandro Jodorowsky.


El que dirán

enero 7, 2011

Hay dos posturas: la de aquellos que tienen en cuenta el «qué dirán» y la de aquellos que se preocupan por el «qué diré yo de mí mismo». Un bárbaro psicológico puede vivir en el qué dirán, pero una persona que tiene un alto nivel de conciencia diría: «Esto es lo que yo quiero de mí, precisamente porque soy consciente».

“La estela de la vida” De Lecciones para mutantes, en Psicomagia, Alejandro Jodorowsky.


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