Pérdida de encanto

diciembre 26, 2017

Soy soltero, a pesar de que ya paso de los cuarenta. Nunca encontré una mujer de quien me enamorara lo suficiente como para querer casarme con ella. Así, vivía cambiando de amantes. Mi pasión por una amante duraba unos seis meses. Después, con mucho ingenio y arte, lograba librarme de ella. Todas continuaban siendo mis amigas, todas eran muy inteligentes, de no haberlo sido no habría logrado hacer el amor con ellas. Me gustaba hablar con las mujeres en la cama, decir lo que yo quería decir y oír lo que ellas querían decir. Si era una de aquellas a las que les gusta hablar, no la interrumpía, la oía con atención.

Pero no era eso, esa letanía verbal, la que causaba la separación. El problema era que después de unos meses, en raros casos después de un par de años, la mujer perdía el encanto, sus ojos ya no me parecían tan lindos, ni su boca tan fascinante, ni su cuerpo tan provocativo. Eso me entristecía, sabía que la culpa de la ruptura era únicamente mía: cesaba mi capacidad de mantener la comunión física y espiritual necesaria en el amor, y eso me entristecía.

“La mujer del CEO” – Rubem Fonseca
Axilas y otras historias indecorosas


Verdadero Lector

diciembre 26, 2017

¿Eres escritor?, pregunta. Le digo que no, que todavía no, que estudié letras y que, en realidad, más que escritor lo que soy es un lector profesional. ¿Y cómo acabaste metido en esto?, dice, yo pensaba que la gente que leía mucho era buena, que no se metía en líos. Me quedé callado. Pensando en esa idea, bastante extendida, según la cual la gente culta, y en especial los literatos, tiene una superioridad moral, aunque la verdad es que los lectores no buscamos en la literatura pautas para nuestro comportamiento en la realidad. Los escritores tampoco. Lectores y escritores lo único que queremos es perpetuar un sistema hedonista, basado en la autocomplacencia y en el narcisismo. El verdadero lector lo único que quiere es leer más. Y el escritor escribir más. Y los académicos somos los peores: los carroñeros que queremos extraer un poco de sentido existencial a toda esa mierda.

“No voy a pedirle a nadie que me crea” – Juan Pablo Villalobos


Cuéntale a tu madre más cosas sobre ella

diciembre 26, 2017

Querido hijo, qué sorpresa recibir tu correo con tantas novedades, si bien tu madre hubiera preferido que la llamaras y se las contaras por teléfono. Tú sabes muy bien que tu madre no es una de esas madres melodramáticas, ¿pero no podrías haber llamado en Nochebuena? Créele a tu madre que tu llamada hubiera ayudado a hacer un poco menos desgraciada la noche, sobre todo porque tu madre pasó el disgusto de ir a cenar a cada de tu tía Concha. Sí, ya sé lo que debes estar pensando, que tu madre para qué fue si luego se la va a pasar quejándose, pero ya sabes cómo es tu padre, tu tío lo llamó para invitarnos y no se atrevió a decirle que no, por lástima, y luego le vino a tu madre con el cuento de que ahora más que nunca la familia tenía que estar unida. ¡Como si la muerte de tu primo borrara todas las groserías y los desplantes que tu tía le hizo a tu madre en el pasado! ¿Te acuerdas de la vez que se levantó a media cena para preparar una salsa porque decía que a tu madre se le había secado el pavo? Tu madre sí se acuerda. Era una receta de la Provenza y tu tía le echó encima una salsa de chile guajillo. En ese tipo de detalles, hijo, es donde se ve la diferencia de cuna.

Y encima tu padre le salió a tu madre con chantajes emocionales. Imagínate que hubiera sido Juan, le dijo a tu madre, con cara de perrito atropellado (perdónale a tu madre la comparación, pero tú que estudiaste letras sabes mejor que nadie lo importantes que es la precisión del lenguaje). Imagínate que Juan estuviera muerto, le decía tu padre a tu madre. Tu padre de verdad no tiene remedio. Si tú estuvieras muerto lo último que tu madre querría sería tener a tu tía sentada en el comedor de la casa esperando a que tu madre le sirva la cena. Pero tu madre le dijo a tu padre que a ti una cosa así nunca te pasaría, para empezar porque desde chiquitos tú y tu hermana aprendieron que los puentes se pasan por arriba y no por abajo, ésa es la única enseñanza útil que les dio haber nacido en ese pueblo rascuache de Los Altos.

Qué te costaba llamar, hijo, tu padre quiso esperarse hasta las ocho de la noche a ver si llamabas, tu madre le dijo que no ibas a llamar, que en Europa ya eran las tres de la mañana, pero tu padre no entiende de husos horarios. Por fin se resignó a la idea y sacó del refrigerador las botellas de sidra que había comprado para llevar a la cena y que tu padre sabe muy bien que a tu madre le dan agruras. Se quedó muy sentido tu padre, Juan, escríbele a tu padre cuando puedas, o mejor llámalo, invéntale alguna excusa complicada para explicarle por qué no llamaste, que de algo sirvan todos esos libros que has leído, invéntale cualquier cosa, tu padre todo se lo traga. El otro día tu padre estuvo como media hora mirando fijamente por la ventana de la sala, sin hacer ni decir nada, y cuando tu madre le preguntó qué miraba, ¿sabes lo que respondió? Que la luz del invierno lo subyugaba. ¡Que la luz lo subyugaba! Tu padre de verdad que saca de quicio a la pobre de tu madre. En esa media hora, si hubiera estado en el consultorio en lugar de metido en la casa, habría atendido a tres o cuatro pacientes.

Pero tu madre no te escribe para contarte sus problemas con tu padre, tú bien sabes que tu madre no es de esa clase de madre, tu madre te escribe para decirte que tus noticias fueron el mejor regalo de Navidad que podría haber recibido. ¡Ay, hijo, qué felicidad me has dado! Si tan sólo hubieras contado a tu madre antes de la cena tu madre habría podido contarle a toda la familia que ahora tienes una novia europea. A tu madre le habría encantado ver las caras de tus primos, ¡y la cara de tu tía Concha!, tu madre tuvo que conformarse con imaginársela cuando la llamó por teléfono para contarle después de recibir tu correo. Hubieras visto el silencio que se hizo, hijo, cuando tu madre le anunció, y que conste que sin alardes: Concha, te llamo para informarte dos cosas. Primero, que Juan Pablo y Valentina han terminado. Y segundo, que ahora mi hijo tiene una novia catalana de una familia europea de abolengo. Tu madre casi pudo escuchar a la sirvienta pasando el trapeador a los pies de tu tía.

Hijo, tu madre sabe que no está bien hacer leña del árbol caído, pero en este caso tu madre cree que es importante que sepas que tu madre siempre supo que Valentina no era una elección adecuada. Si tu madre te lo dice sólo ahora, hijo, no es como un reproche, de ninguna manera, tu madre sería incapaz de algo así, tu madre no es esa clase de madre, sino que tu madre lo dice como una felicitación. Qué bueno que recapacitaste, Juan, esa Valentina tan chaparra, con ese nombre de salsa, los ojitos tristes y ese pelo aplastado de india, la pobre, la verdad es que ella no tiene la culpa, con esa familia que bajó de la Huasteca a tamborazos. Pero tu madre no puede preocuparse por ella, que nuestra familia no es una institución de caridad para andar recogiendo muchachitas y darles oportunidades en la vida. Eso tu madre se lo deja al gobierno veracruzano. A tu madre le queda corazón y energía sólo para preocuparse por tu futuro, hijo, y por eso tu madre está tan contenta.

Tu madre no va a ocultarte que además de contenta está aliviada, tu madre siempre ha estado preocupada por tu carácter, por esa tendencia que tienes a agachar la cabeza y obedecer órdenes, en eso saliste a la familia de tu padre. Son todos igualitos. Tan revoltosos que son en Los Altos para que luego resulten puros agachones. Que no te indigne, hijo, que tu madre te diga la verdad, que no te nuble la razón la honestidad de tu madre. Tú fuiste el que le dio a tu madre motivos de sobra para estar angustiada, con todas esas decisiones equivocadas que ibas tomando, estudiar una carrera sin futuro, irte a vivir a una ciudad subdesarrollada, enamorarte por lástima, tu madre sabe que tú sabes muy bien de qué está hablando. Todas esas cosas a alguien que no te conociera como te conoce tu madre podrían parecerle señales de rebeldía, de una persona con carácter fuerte y que sabe lo que quiere en la vida, pero en realidad eran exactamente lo contrario, berrinches para simular una confianza en ti mismo que no tenías. Cuando eras niño, lo que más mortificaba a tu madre era justamente eso, que no tuvieras confianza en ti mismo para defenderte, ya fuera de tu hermana, que incluso siendo menor que tú todo el tiempo te humillaba, de tus compañeros de la escuela que te hacían la vida imposible (¿te acuerdas de cuando te hacían llorar y no querías salir de abajo de mi falda?), o de tus primos, que desde chiquitos ya eran unos salvajes.

¿¡Quién te viera ahora!? ¡Con una novia europea! ¡Y muy guapa se la ve en la foto! (aunque tu madre te pide que le mandes otra foto donde se la vea más de cerca, porque en esa que le mandaste a Laia se le ve una sonrisa medio rara).

Tu madre debe confesarte que hasta hace muy poco, hasta que avisaste que te ibas a estudiar a Europa, la incertidumbre de tu futuro no la dejaba vivir. La verdad es que tu madre se equivocaba. ¿Pero cómo iba a a saber tu madre que detrás de tantos errores había un plan, un verdadero proyecto de vida? Tienes que reconocer que tu madre tenía razones de sobra para vivir desconsolada. Ya te imaginaba tu madre dando clases de español en una secundaria pública de Pachuca o en una preparatoria privada de Guadalajara (donde ibas a ser la burla de todos los estudiantes), casado con esa pobre Valentina para la que vivir en un departamento de dos cuartos con agua potable y luz ya hubiera significado un ascenso social. Pero tu madre estaba equivocada y a tu madre no le cuesta reconocerlo, que lo que importa no es el orgullo de tu madre, lo que importa es tu futuro. Tu madre está orgullosísima de que aquel escuincle miedoso que se orinaba en la cama hasta los once años se haya convertido en este adulto exitoso que vive en Europa.

¡Si tan sólo le hubieras avisado a tu madre antes de la cena, ésa habría sido la Navidad más feliz de su vida! En cambio, tu madre tuvo que aguantar a tu tía Concha, que es tan egoísta que no deja que nadie hable de otra cosa que no sea la cadena de desgracias que les han sucedido desde que falleció tu primo. Como si no hubieran pasado ya dos meses. Yo le dije que ya iba siendo hora de que lo superaran. Pero no hay manera de que tu tía escuche, lo único que le interesa es desahogarse hablando de la mentada fundación que dizque andan creando, la fundación para la memoria de tu primo, un instituto para enseñar a cruzar las calles ¿sí te conté? Nos pasamos la noche viendo logotipos para la fundación, tu tía quería que votáramos cuál era el mejor, y todos eran horribles, los diseñó tu primo Humberto, que ni acabó la carrera (¿o si la acabó?), todo por ahorrarse mil pesos, ¿o cuánto crees que cobren por el dibujo de un logotipo? Ya te puedes imaginar cómo va a ser la fundación si todo quieren conseguirlo con favores. A tus primos tu madre los descubrió en un rincón riéndose a carcajadas de un logotipo que no les enseñaron a tus tíos. Era una foto de un atropellado a la que le habían pegado la cara de tu primo y abajo decía: Fundación El Apachurre. De veras que tus primos son unos salvajes.

……

Pero tu madre no te escribe para hablarte del pobre de tu primo, que en paz descanse, ni de las impertinencias de tu tía o de los cuentos de la sirvienta. Lo que tu madre quería era decirte lo feliz que la hizo tu correo, y que ya está esperando con ansias que le mandes otro retrato de Laia para conocerla mejor. Cuéntale a tu madre más cosas sobre ella, su familia, su carácter, a qué se dedica su padre. Ya se ve en la foto, aunque de lejos, que es de buena familia, que para eso tu madre no necesita verla de cerca, esas cosas se distinguen a la distancia. Perdona la pregunta, hijo, ¿pero Laia estaba mordiendo algo en la foto o qué tiene en la boca que se le ve medio torcida? ¿Un chicle? Mándale a tu madre un retrato de rostro, y no te tardes, no tengas a tu madre esperando muchos días, que ya sabes que la curiosidad le sube el azúcar.

Pasando a otros temas, menos agradables, tu madre no sabe si has hablado con tu hermana o si te estás escribiendo con ella. Tu madre te cuenta por si no lo sabes. Ahora resulta que se le metió en la cabeza que en la empresa la están subestimando y que, si no le suben el sueldo y le dan mejores prestaciones, va a renunciar. Escríbele a tu hermana cuando puedas y dile que se deje de tonterías, si se queda sin trabajo qué va a hacer, tu hermana tiene que darse cuenta de sus limitaciones, está mal que lo diga tu madre, pero tu hermana no nació para grandes cosas. Tu madre no quiere tener a tu hermana metida todo el santo día en la casa, tu madre ya tiene suficiente con sus cosas.

Ay, hijo, a tu madre otra vez le salió un correo muy largo pero has de entender lo ilusionada que está, no es todos los días que una madre se entera de que por fin su hijo le ha puesto el rumbo correcto a su vida. Tu madre te deja, pues, hijo, que debes estar muy ocupado. Tu madre te manda un abrazo muy fuerte y te recuerda que no te olvides de mandarle el retrato de Laia.

Un retrato de rostro, por favor, para tu madre que te extraña.

“No voy a pedirle a nadie que me crea” – Juan Pablo Villalobos


Rostro Indio

diciembre 26, 2017

Quién puede entender verdaderamente el rostro de los indios? Es un solo rostro que viene de muy lejos, que viene de edades inexpresables, pero de las que aún se guarda memoria. Los indios se quedan callados, pensando, aunque es posible que no piensen en nada. Siempre parece que han perdido algo muy profundo, que les pertenecía por entero y que no volverán a recuperar jamás. Y buscan ese algo, lo aguarda. Creen encontrarlo en todo lo que pasa, en las piedras, en los animales, en el paisaje donde todavía soplan los ídolos, como si el polvo aún los congregara. Los ojos del indio se quejan; parecen pedir que no se les quite nada más, que se les devuelvan quién sabe qué cosas queridas, quién sabe qué mujer o qué madre terrena y perdurable.

“Barra de navidad” – José Revueltas
Norte: Una Antología


Tomadura de pelo

diciembre 26, 2017

Me gusta mucho tomar el pelo a una chica cuando se presenta la oportunidad, pero es una cosa curiosa. A las que más me gustan, nunca me apetece mucho tomarles el pelo. A veces me parece que a ellas les gustaría que les tomase el pelo —de hecho  que les gustaría—, pero es difícil empezar una vez que las conoces desde hace mucho tiempo y nunca les has tomado el pelo.

“El guardián entre el centeno” – J.D. Sallinger


Grilletes de viajes

diciembre 26, 2017

Cuando joven recorrí Europa enteramente solo. Son suficientes los cretinos que vas encontrando a tu paso como para además llevar uno de cabecera. Compadezco a las parejas que mapa en mano van descubriendo nuevos mundos pero que están atados uno al otro con grilletes. La emoción de un descubrimiento no puede compartirse. Se comparte el cuerpo o la comida, no las sensaciones que éstos producen.

“Lodo” – Guillermo Fadanelli


Ilusos sin fronteras

noviembre 30, 2013

Gracias al novelista chileno Rafael Gumucio advertí una de las mayores carencias de estar lejos de México. Como yo, Gumucio vive en Barcelona con la mente en otro sitio: «Lo que más extraño de Chile es tener proyectos», me dijo. La frase cayó como una epifanía entre dos cafés cortados, nítida y perfecta. La razón de un vacío. A lo largo de tres años no he participado en nada que se defina por su entusiasmante condición de existir como futuro. Para bien o para mal, la realidad barcelonesa nos consta sin fisuras ni modificaciones en curso.

«Las cosas como son», dice la socorrida frase que en España no es reiterativa sino reveladora. En la patria de Galdós, el realismo ambiental goza de espléndida salud. Cada pueblo tiene sus formas de protegerse del delirio y yo admiro la robusta condición de quienes consideran que el inconsciente es una Patagonia para exploradores extremos o argentinos.

El otro día asistí a una ilustrativa conversación a propósito de la oreja de un poeta mexicano. Al ver los pequeños esparadrapos que le cubrían el lóbulo, le pregunté si seguía yendo al acupunturista. Mi curiosidad atrajo la de un arquitecto de Vitoria y un novelista de Zaragoza. Les asombró que un ser libre y racional creyera en supersticiones. El poeta contestó con elegancia: «Sí, soy supersticioso, pero la acupuntura tiene lógica». El arquitecto comentó: «Yo sólo creo en la lógica del dentista: ¡que hagan un hueco y lo rellenen!» Acto seguido, le dijo al escritor de Zaragoza que había comprado en Logroño dos cosas en las que podía creerse sin superstición alguna: pimientos y espárragos. Admiro la resistente composición de un alma que se ordena al modo de una bien llevada verdulería, donde las certezas son externas, y si acaso pasan al interior, son tramitadas por los dientes.

Desconfiados, tentativos, siempre híbridos, los latinoamericanos buscamos remedios chinos que nos pinchan las orejas. Más indoloro y prometedor resulta participar en un proyecto. De repente, alguien te invita a la versión mexicana del desembarco en Normandía: un desayuno de trabajo. Nuestro entorno es tan sorpresivo y transitorio que más vale intervenir temprano. Aunque los huevos rancheros se prestan poco para el hombre que tendrá que hacer la digestión en dos horas de Volkswagen, le entramos con fe a lo que no nos conviene, como si la voracidad incluyera su propio alivio y facultara para las proezas de las que nuestro interlocutor nos considera muy capaces.

Ante cambiantes platos de huevos divorciados he visto surgir estaciones de radio, revistas «tipo New Yorker«, videoconferencias para una red de palapas en el Caribe, periódicos de fábula («haz de cuenta El País, pero en San Ángel»), guiones para Scorsese, bibliotecas campesinas con el catálogo entero de Anagrama, obras de teatro a bordo de autobuses de la Ruta 100. En ese mundo rediseñado, nuestra participación no sólo parece posible sino decisiva. Se diría que hasta entonces estábamos en la reserva de lo real. De pronto, ante los bolillos en miniatura, estalla nuestro homérico atributo oculto (la voz original, el tono, la mirada, nuestra tremenda garra). Así nos lo hace saber el anfitrión, quien, conforme al código de la oferta y la demanda, come más papaya y menos guisos picantes que nosotros.

Nos despedimos de triple abrazo ante la mirada de Caronte del valet-parking para diluirnos en la marea de la ciudad, contentos de disponer del tono, la mirada, la tremenda garra.

Más allá de las minucias gástricas, el desayuno de fichaje te lleva a un día excepcional. Mejorado por la promesa de un intangible porvenir, aceptas las deficiencias sin número que te rodean, enciendes un cigarro con la felicidad de saber que es único, acaricias con justicia al gato, lees con más calma el poema épico de Sigfrido Sifón (sigue sin ganar sustancia, pero juzgas que «tiene lo suyo»). Imposible discernir todos los actos secundarios que derivan del proyecto en ebullición y la punzante certeza de estar a punto de cambiar. Te casaste con Paty porque te sentías feliz de ser virtual Coordinador General y por una vez tuviste lo que hay que tener para marcar su celular. Ella contestó la llamada porque le habían ofrecido un trabajo en Tokio y todo, absolutamente todo, le parecía posible antes de salir de México. El anuncio de un futuro exagerado los hizo coincidir en la cama; la cancelación de ese futuro, los hizo reincidir.

Cada día, una franja de México amanece en estado de casting. En las cafeterías el jugo de sábila con naranja circula tanto como los papeles de un reparto en movimiento. Habría que rendir homenaje a quienes nos benefician llenándonos de expectativas y nos redimen de la escasa realidad, permitiendo que ingresemos al club de Ilusos Sin Fronteras.

Hasta la conversación con Gumucio no había reparado en la articuladora fuerza de lo que no ocurre. Su observación me hizo recordar un graffiti en el df que me parecía ingenioso y hoy me parece oracular: «Estamos cansados de soluciones: queremos promesas».

Para renovar nuestras expectativas, resulta esencial que no se cumplan. Sólo así puede ocurrir un nuevo plan de rescate. Cuando creías que la arquitectura no era lo tuyo, te llevan a un desayuno y durante dos tamales te piden que hagas para Coatzacoalcos lo que Frank Gehry hizo para Bilbao. Al salir, le prestas a tu dibujante el dinero que te había pedido para el aborto de su novia y por ningún motivo pensabas darle. Él, conmovido por el gesto, recupera la fe en la especie, decide tener el hijo y le pone Francisco (en tu honor y en el de Gehry).

“¿Hay vida en la tierra?” – Juan Villoro


Incondicionalidad

septiembre 29, 2013

El amor es un bien que no he perdido. Cuando entre las condiciones que se le ponen al amor no se halla la correspondencia de quien se ama, y en realidad tampoco puede hallarse ninguna otra porque se ha decidido amar incondicionalmente, el amor, que por su propia vehemencia vive más allá  de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, sólo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Traición

septiembre 29, 2013

¿En qué consiste exactamente una traición? ¿Por qué, una vez que hemos dado sentido al porvenir a través de la obligada lealtad a un principio inamovible, un cariño que se ha pensado eterno, una utopía común, incluso una opinión vertida en el calor de un momento fatalmente furtivo, no nos es dado el privilegio de virar en una nueva dirección, por contradictoria que a los ojos de otros, y quizás a los nuestros, parezca? Uno crece mirando a la traición como aquel acto sorpresivo y deleznable pro el cual el traidor ataca o abandona por la espalda, con una alevosía sobrada de perfidia, a un amigo, un pariente, un convenio callado y clandestino. Entonces el traidor es un dos caras, un malasangre, un ruin, un enemigo camuflado por nuestra ingenuidad. ¿Podemos perdonar a Judas Iscariote porque su fe, su lealtad y sus convicciones no se cotizan más allá de los treinta denarios? ¿Alguien siquiera ha dicho qué se podía hacer en aquel tiempo con semejante suma?

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Saber y sentir

septiembre 29, 2013

No te voy a decir que te amo, porque eso no se dice. Además, tú un día me dijiste que yo no era nadie para hablarte de eso, y puede que sea cierto. Una es la última persona autorizada para andar diciendo lo que siente o no siente. Saber y sentir son cosas diferentes. Cuando sientes no sabes, y cuando crees que sabes ya dejaste de sentir. O sientes otra cosa, que es igual, porque en realidad sigues sin enterarte. Nunca me he preocupado mucho en ver por dentro. Creo que me da miedo descubrir que no hay nada. O todavía peor, que lo descubran otros antes que yo.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


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