To fall

septiembre 29, 2013

El inglés necesita de un verbo fatalista  para emplear la expresión ‘enamorarse’: to fall. O sea que el enamorado no exactamente asciende a un estado superior, sino al contrario: cae. Tropieza, se distrae, en entrampado. Cae, igual que Luzbel. Si Cristo hubiese dicho ‘Enamoraos los unos a los otros’, ya estaríamos todos viviendo en el Infierno. Pero sería injusto concluir que Amor y Averno son instancias iguales o siquiera equivalentes. El diablo de allá abajo y el diablo del amor podrán ser parientes, y en un momento socios, pero sus métodos difieren tanto como la horca del veneno, el sable del cuchillo, el cañón de la trampa.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


El peso de la inercia

septiembre 29, 2013

¿Qué hacen los astros para evitar la colisión? Lo mismo que él: aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe. Como los vagones de un tren, cuyo poder sobre la locomotora no es otro que la certeza de que al final, cuando el estruendo gane tiempo y forma, se destruirán con ella. Pero sus ojos eran de tal modo tóxicos que nada, ni siquiera el mirarse huérfano en su ausencia, pudo alertarlo a tiempo. Puesto que eso, estar a tiempo para su salvación, le habría parecido una cobardía tan abyecta que, de perpetrarla, el Infierno habría llegado antes.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Imaginación y sueños

septiembre 29, 2013

Estoy entendiendo por imaginación no la facultad de crear y operar imágenes mentales, sino la de conjeturar. La imaginación es la facultad de movernos, de avanzar, de captar lo posible. Con o sin imágenes mentales.

El trabajo imaginativo tiene estas características:

  1. Siempre es lateral y escondido. Es decir, opera en una zona oblicua a la atención.
  2. Siempre surge espontánea e instantáneamente, es decir, sin esfuerzo registrable de nuestra parte, súbita, novedosamente.
  3. Siempre consiste en conjeturas particulares, no hay en ella procesos ni generalidades, ni siquiera razonamientos, sólo posibilidades concretas. La imaginación esconde su trabajo.
  4. Siempre se presentan las conjeturas no como conjeturas, sino como si así fuera la cosa, es decir, la imaginación es muy aseverativa, no dice “esto es una hipótesis o una conjetura”, sino “esto que te digo es real, sucedió, sucederá o está sucediendo, esto es así…” (Por eso distinguir lo imaginario de lo real es, a menudo, trabajo fino de artista.

Entonces las definiciones básicas son estas:

  1. Pensar es lento, reflexivo, trabajoso. Imaginar es súbito, irreflexivo, gratuito. El pensar es ordenado, gradual, responsable. El pensar es relampagueante, instantáneo, irresponsable. Pensar es un proceso, imaginar es un acto.
  2. Cuando recordamos, estamos en un libreto compartido. Recordar es detectivesco: preguntamos, consultamos documentos. Cuando imaginamos no estamos en ningún libreto, sino en el libre juego de lo posible, sin restricciones. La única manera de distinguir lo imaginado de lo recordado es acudir al libreto. Lo imaginado, como decíamos, no tiene marca alguna de fábrica.

Los sueños son trabajo imaginativo, son digamos la flor más emocionante de la imaginación, cuando ella, la loca de la casa, toma los controles y guía la nave entera de nuestra vida mental.

“Sobre la naturaleza de los sueños” – Hugo Hiriart


Sueños y música

septiembre 29, 2013

Esto se debe a que en los sueños no hay provisionalidad en vista a un final, como en los chistes y cuentos, los sueños no se organizan así, en cada instante del sueño está todo el sueño, todo es igualmente importante, todo está dado en cada momento, y, por eso, no puede resumirse. Los sueños son como un presente que de desplaza, que crece.

¿Qué otra famosa actividad tampoco puede resumirse? Sí, claro, la música. La música y los sueños son la emocionante hazaña de la sucesión pura, sin mirada sinóptica. Resume una sonata de Scarlatti, no se puede, no tiene ni siquiera sentido pedirlo.

El modelo de los sueños no es el cuento, un sueño no se parece a un cuento, el modelo de los sueños es la música. El sueño es la música nocturna, la serenata que oímos mientras estamos dormidos.

“Sobre la naturaleza de los sueños” – Hugo Hiriart


Porque sí

agosto 26, 2013

«En rigor, todo intento de lectura es un evidente acto de autoayuda. Del instructivo de la televisión a las primeras líneas de la novela, lee uno con la ilusión de percibirse algo menos salvaje que la noche anterior. ¿Cuántos no hemos pasado nuestras horas más negras aferrados a un trozo de papel que devuelve el sentido a los absurdos y constela los muros subterráneos de ventanas abiertas al infinito? Si no recuerdo mal, huecos providenciales como aquellos los abrió, a lo ancho de cierta noche sin estrellas, La inmortalidad, de Milan Kundera. Me recuerdo besando la portada cada vez que hacía un alto en la lectura, de manera que aún hoy pienso en esa novela como un manual de náufragos.»

Símbolos inequívocos de autoayuda y de agarrarte con las uñas para seguir creyendo en que algo o alguien te salva. Cuando en un libro me reflejo en el punto exacto de mi actual situación, llamo corriendo al destino, casualidad, providencia, esloquetienequepasar, o como quiera que se llame. La importancia está en que ese símil me empuja a entender que siempre hay algo gigantesco moviéndose a expensas mías, que perpetra e incide con violencia en cualquier posible signo de autonomía (y no queda «más que aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe»).

El libro que durante 300 hojas no dice nada pero en 30 páginas leídas en los días adecuados me comprende más que mi propia conciencia, la canción que salta de un anuncio de internet directa a la cabeza y semanas después, en el momento correcto me canta sólo a mí, la persona que llega pidiendo ayuda y al final me termina reinyectando vida, el calendario que me recuerda que ya no es el 2012, por más que sea idéntico…

Yo manejo la carroza.


Cigarro de mujer a medio terminar

agosto 26, 2013

Ni si quiera sonrió, sólo se fue. Pig levantó el cigarro, miró el color naranja del bilé  decidió chuparlo largamente. Luego tosió y tosió, y todavía así volvió a chupar el humo. Siguió tosiendo, se dobló, jaló aire, sintió los ojos empapados y sin poder hablar pensó, intermitente, fragmentariamente, mientras le hacía señas a un mesero  para que le trajera un vaso de agua, que no hay en este mundo situación más jodida que la de un hombre solo en una mesa con un cigarro de mujer a medio terminar. Peor todavía, a medio comenzar. Por eso prefería continuar ahogándose con su penoso rictus de no-fumador, antes que compartir la mesa con el cigarro solitario y todavía humeante. Prefería imaginarla riéndose a sus costillas, con mandíbulas, párpados y pupilas danzando juntos sólo para él.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


La utilidad del dinero

agosto 26, 2013

No sabían que hacer con su dinero, ni sin él. Nadie les había dicho lo tramposa que es la lana: te descuidas tantito y dejas de ser su dueño para volverte su administrador. ¿Cómo entiendes que un tipo rodeado de sirvientes cabizbajos se convierta en sirviente de sus pinches posesiones? Tienen mucho dinero pero no compran nada. No es muy justo que sea yo la que lo diga, después de todo lo que les vendí, pero según yo los billetes grandes sirven para comprar la libertad.

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


¿Cuándo el amor es propiamente amor?

agosto 26, 2013

Decir: “La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede”, escribirlo, leerlo, subrayarlo, asumirlo, era asirse a la última cuerda que quedaba, ya no para salvarse de caer en un idilio irracional, por prematuro, sino siquiera para retardar esa caída.  Pensaba: No puede ser, no es. Y omitía de paso la palabra “amor”, pues de sólo nombrarlo podía conjurarlo. Pensar: “Estoy muy apasionado porque estuve muy solo”, es dar a la soledad el rango de enfermedad, y a la pasión volverla medicina (…) Uno sube la dosis de la droga porque no quiere de la nada ni el recuerdo. (…) aplicaba una suerte de ungüento lacerante y anestésico sobre la carne viva de la soledad, de manera que al día siguiente había menos dolor y más herida, y a medida que la enfermedad se conservaba en secreto, recurría a la pasión para transfigurarla, sin pensar que tal método equivalía a cultivar los gérmenes en el lecho propio de la herida. ¿Podía esa gangrena que le explotaba dentro llamarse propiamente amor?

¿Pero cuándo el amor es propiamente amor? ¿Puede uno amar a quien le acompañó por una hora? ¿Por dos horas, dos meses, dos años, dos minutos? ¿Se ama a quien se conoce, justamente por eso, o es quizás al revés; conocemos para mejor desconocer, y así poder amar sin el estorbo de la realidad? ¿No es cierto que quienes más se aman son a veces quienes menos se conocen? Ni una sola de estas preguntas se plantea jamás para buscar respuesta verdadera. Ninguna la tiene, ni la tendrá, a menos que uno decida imponérsela, casi siempre de acuerdo con su más absoluta inconveniencia. Incluso sin respuesta, lanzadas al espacio estratosférico de los propios insomnios, las preguntas que apuntan hacia la probable existencia del amor suelen aparecer cuando no queda tiempo, ni voluntad, ni siquiera osadía para ponerlas en duda. Preguntarse si por casualidad se ama equivale a plantear una alternativa entre felicidad y desdicha, buena y mala fortuna, besos y bofetadas. Se elige ser feliz, besado, afortunado, aun en la certeza de que sucederá lo opuesto, igual que se le dice “que te vaya bien” a un enfermo terminal. Elegimos a veces a costillas de la conveniencia y el sosiego, por razones tan inaccesibles como irracionales, por eso las preguntas laten sin respuestas, y al final son capaces de aceptar cualquiera. El amor es más parecido a las mentiras. Justifica u opaca la razón, por derecho o torcido que parezca, no requiere de justificaciones, se reproduce a la menor provocación y exige todo el crédito del mundo. Además de que nadie o casi nadie puede vivir tranquilo en su total ausencia. Por eso, cuando vienen las preguntas, lo hacen acompañadas de su correspondiente hilera de respuestas obvias. Sí. Claro. Por supuesto. Para siempre. ¿Por qué no? Cualquier cosa con tal de no quedarse en esta orilla solitaria, qué más da si después del amor está la nada. ¿O es que alguien está aquí sin entender que al final de la vida no queda más que muerte?

“Diablo Guardián” – Xavier Velasco


Viajando alto

agosto 13, 2013

Cuando la música te estremece con espasmos luminosos como los del sol, sientes que te haces corto y que estamos viejos, como esos hongos que salen y se extinguen.

El ejercicio se vuelve surrealista porque ver la mano como un ente propio moverse y tambalearse al asilo de la luz y sin reparo de lo que la cabeza le mande es como perderse en uno sueño de lo intangible.

Que dolor de pensar

Que fuerte huele el mezcal

Intenso el saldar

de este bacanal


La eyaculación esteril

agosto 10, 2013

Anselmo albergaba un vago e inarticulado sentimiento de que, para toda una generación, su generación, desear fuera el anhelo. Fornicar. Follar. Garchar. Templar. Tirar. Coger. Apremiados por una fiebre indócil de posesión del otro. Todo lo demás, lo que sucediera en la cama antes y después de coger, no dejaba de considerarse mera política. Una política de lo correcto. Etiqueta. Para Anselmo no eran sino cautivos de una estética sexual de lo efímero fomentada por la sociedad de consumo y sus ritos. Había belleza en un episodio sexual en tanto se mantuviera así. Episódico. De eyaculación estéril. Libre de riesgo de contagio. Libre de ataduras y consecuencias a futuro entre los implicados. Libre de amor. Aunque con frecuencia, desear y consumir eran confundidos con amar. Y la capacidad de consumir, a su vez, era interpretada como un síntoma irrefutable de bienestar. No en balde, decía Anselmo, el porcentaje del PIB se había vuelto el indicador fetichista del bien social. Se medía la felicidad de una sociedad por su capacidad de intercambiar dinero de la misma manera en que ahora una generación entera medía su bienestar amoroso y sentimental por su capacidad de ofertar o intercambiar fluidos corporales sin compromiso. Habían malbaratado tanto los estándares con que sus padres y madres solían medir el fenómeno conocido como amor, que podían creer haberlo encontrado incluso en una cogida casual de una noche. Pero él y sus congéneres no hacían con ello más que apaciguar el temblor existencial por unas horas. Llenos de angustia por el vacío que esa pérdida les causaba al día siguiente, siempre en pos de la novedad, hijos e hijas de la cultura del consumo, cada vez que iniciaban una experiencia amorosa lo que realmente hacían era lo contrario. Desaprender a amar.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


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