3 años

agosto 10, 2013

Tres años. Lo que algunos antropólogos y darwinistas afirman que dura la experiencia que reconocemos como amor. Es decir, la etapa en que los cerebros de una pareja producen feniletilamina como dos máquinas desaforadas operando igual que el cerebro de un usuario habitual de anfetaminas. Al término de ese periodo, similar a una droga dura que deja de suministrarse de un día para otro, sobreviene la resaca insufrible y espantosa. Dichosos de aquellos que logran salvarla y sobrevivir en el intento, porque de ellos será el reino de los opiáceos. El estupidizamiento del matrimonio. El placebo del adulterio. O, dicho de otra forma, el carril lento de las endorfinas.

“Teoría de las catástrofes” – Tryno Maldonado


De la Simetría Interplanetaria

julio 16, 2012

Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.

Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía. Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía -pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente-. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.

Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.

Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.

Pensé: «¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes.»

Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón…?»

Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios…!

Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.

“Cuentos Completos/1” – Julio Cortázar


De retórica

mayo 26, 2012

No soy novelista por dos flacas razones: casi carezco de nalgas, lo que me impide permanecer sentado largo tiempo. Este aspecto anatómicoliterario, al parecer risible, creo que ha sido descuidado por los estudiosos del género, pues estoy cierto de que teniéndolo en cuenta, se encontrarían nuevos ángulos desde los que se podría enfocar el estudio de la producción literaria.

La relación novela-nalgas es fácil de evidenciar. Propongo, a manera de ejemplo, a Dumas, padre, y a Balzac; no dejo de reconocer sin embargo, que existen otras, como las de Marcel Proust y las muy nuestras, las de Don Artemio del Valle Arizpe, que aunque más enjutas darían más de qué hablar que las propuestas primeramente.

Los desnalgados somos poetas o cuentistas. A medida que las nalgas ganan en volumen, la obra literaria aumenta en tamaño, en proporción directa.

Es ocioso, pues, seguir estudiando cuál es el límite de las cuartillas para que un cuento deje de serlo y se transforme en novela corta o para que ésta pase a ser una novela a secas. Lo que debe hacer el crítico literario es algo más sencillo y positivo: hay que mirarle las nalgas al autor y clasificarlo. Que sí culígordo, novelista; que sí culíflaco, cuentista. Y sanseacabó.

“Un día de estos” – Salvador Gallardo Topete


Ni que sí, ni que no

mayo 26, 2012

A lo macho que no me acuerdo. No digo que ni que sí ni que no. Pero si Apolonio González dice que sí, ha de ser cierto porque es hombre de palabra. Yo también soy de palabra y lo que digo a esta mesa es la mera verdad. Yo nomás me acuerdo que al salir de la ladrillera me fui calle abajo con rumbo a mi casa, pero ya me andaba con la ganas de hacer de las aguas y me metí a la cantina. Ningún otro fin me llevaba porque tenía dos meses de jurado y todavía me faltaban cuatro. Allí fue donde me encontré a Juán Martínez. Éjele Gurrión, me gritó. Yo le dije: espérame que ya me vengo meando. Luego, con el perdón de ustedes, que descargué el cuerpo, me acerqué con Juán. Ya andaba tomado; nos dimos hartos abrazos pos no nos veíamos desde que éramos escuincles y ahí empezó lo malo porque Juan comenzó a pedirme que lo acompañara a tomarse la copa. Yo le decía que no porque estaba jurado, pero él seguía diciéndome que al cabo con una no se rompía el juramento; que si no era hombre, que si era un rajado. Y a mí la vera verdad lo que me perdió fue el olorcito de la tequila que se me metió pa dentro y le empecé a tupir. Pura vaca parida, cerveza y tequila y hasta ahí nomás me acuerdo. Luego dicen que me puse como el mismito chamuco, que a todos les mentaba la madre y que me le dejé ir al Pinto sin que diera ningún motivo y que le di de puñetes hasta que lo dejé tendido. Yo desto, la verdad no me acuerdo, por eso no digo ni que sí ni que no.

“Un día de estos” – Salvador Gallardo Topete


El hombre que tenía un síndrome de hipertensión porta o el nacimiento de un lago

mayo 26, 2012

Agapito soñó toda la noche montañas de agua derrumbándose estrepitosamente en la escollera, enormes culebras desplomándose en la ciudad, ríos salidos de madre tragándose todo a su paso y se soñó a sí mismo ahogándose en medio de meteoros, manoteando desesperado como un náufrago, tragando y vomitando agua alternativamente. Toda la noche fue un constante revolcarse en el camastro hasta que el timbre del reloj lo despertó.

Se sentó trabajosamente al borde de la cama. Al intentar ponerse los calcetines se percató de lo hinchado de su vientre. “Han de ser los tacos de anoche”, pensó; sin embargo, el volumen siguió aumentando al transcurrir el día. Al llegar al trabajo, Demetrio le dijo: –“compadre, ya lo traes como de nueve meses.”

La jornada laboral fue dura debido al impedimento de su barriga creciente. De regreso a su casa adivinó una sonrisa maliciosa de su esposa, quien le preguntó: –“¿Cómo sigues?”. –“Igual”, fue la respuesta, y sin cenar se fue a la cama.

Los sueños de la noche anterior se repitieron: agua y más agua; se vio marinero en un barco de papel, buzo de cristal encerrado en una botella de agua coloreada, soñó a Tláloc ordenándolo sumo sacerdote y con Amado Nervo declamando a la Hermana Agua; soñó un lago de apacibles aguas, un arroyo cantarino y una lluvia menuda cayendo rítmicamente que le tranquilizó el dormir. Al despertar quiso incorporarse, pero no pudo, su vientre había crecido enormemente, al doble del día anterior. Jaló las sábanas dejando al descubierto la voluminosa mole; se percató que los botones de su pijama se habían desprendido y vio con horror pequeñas grietas, aún superficiales, que circundaban su vientre hasta confluir en el ombligo.

“María”, llamó a su esposa, “tráeme al doctor”. La mujer despertó, pegó un grito al ver la panza de su marido y salió a medio vestir a llamar al médico quien llegó como tres horas después del llamado, saludando amable al paciente: –“¿Cómo estamos?”–, saludo que no le fue correspondido. Luego palpó el vientre de Agapito, preguntándole si dolía, a lo que éste contestó que no. Procedió después a sacar de su maletín una varita de fresno que se bifurcaba en un extremo como un manubrio de bicicleta, apuntando el otro extremo hacia el abdomen del paciente. Los brazos del galeno empezaron a temblar, retorciéndose hasta quedar fijos. –“Lo que pensaba”, dijo. –“¿Qué?”, preguntaron al unísono Agapito y su esposa. –“Un síndrome de hipertensión porta”, les comunicó, y al ver su cara de asombro, añadió: –“agua”. Luego pidió le trajeran una cubeta vacía.

En tanto, desinfectaba un trocar, con el que hizo una punción en el vientre, dejando brotar un verdadero géiser que bien pronto llenó la cubeta, sustituida por otra que solicitó con urgencia, sin que la presión del líquido bajara para nada. Habían sacado ya tres cubetas cuando el doctor, pretextando tener que llevar una muestra del líquido al laboratorio, taponó el orificio y se retiró.

Por la tarde, pasadas las cinco, regresó con la novedad de que la muestra analizada había resultado ser agua químicamente pura y como el vientre del paciente se encontraba a punto de estallar procedió a quitar las tiras de esparadrapo con que obturó el agujero que, al quedar de nuevo libre, lanzó un chisguete continuo, como si fuera el espiráculo de una ballena, llenando una tras otra las cubetas dispuestas expreso.

Al llegar a veinte, el doctor se despidió dando instrucciones a la familia de cómo proceder a taponar el orificio una vez que dejara de brotar el agua; pero el agua siguió fluyendo ininterrumpidamente durante toda la noche.

Los vecinos acudieron con cuanto recipiente tuvieron a la mano para auxiliar a don Agapito. Pronto se formó una cadena humana por cuyas manos pasaban incansablemente los baldes. Para la madrugada, el aljibe de la casa estaba lleno y el jardín anegado, por lo que los vecinos pidieron permiso a doña María para llevarse unas cubetas a sus casas y remediar en algo la falta de agua que desde hacía más de una quincena los agobiaba. Por fin tuvieron agua para descargar los retretes, lavar los trastes y la ropa e incluso para beber.

El pobre don Agapito casi no durmió durante tres días; no sentía dolor ciertamente, pero sufrió el frío de sus ropas mojadas y el ruido del agua al llenar las cubetas. Afortunadamente, a Chendo, el fontanero del barrio, se le ocurrió acoplarle un niple en el orificio y a éste un cople donde conectó una manguera para que desaguara directamente al drenaje.

Agapito por fin pudo dormir seco y descansar frente al televisor cómodamente. Como el problema de la carencia de agua persistía en el barrio, doña María, que tenía disposición para los negocios, contrató con los vecinos conexiones a la manguera, antes de desagüe y ahora de suministro, en cómodas mensualidades que ya en conjunto centuplicaron las entradas de dinero de la familia con relación al salario que Agapito percibía en la fábrica.

Todo marchaba felizmente, tanto para don Aga como para el vecindario, hasta que apareció una nube negra en forma de inspector municipal del servicio de agua, que verificó lo que se llama “tomas clandestinas y suplantación de un servicio público”, amenazando con penas severísimas que pocas semanas después se hicieron realidad.

El licenciado Romero, presidente municipal, solicitó al Congreso del Estado declarara a don Agapito “de utilidad pública” y decretara su expropiación; petición que le fue rápidamente obsequiada. Así que don Agapito pasó a pertenecer al ayuntamiento que entregó a doña María, en pago de la incautación de su marido, quinientos bonos de la deuda pública como indemnización y un nombramiento de encargada del pozo artesiano 14AGA-15-PITO, como quedó catalogado su esposo, quien además tuvo que sufrir la implantación de un medidor de flujo y una lavativa mensual de cloro para garantizar la potabilidad del líquido.

Por espacio de seis años, don Agapito vivió tranquilo, pegado al televisor mientras cumplía puntualmente con el suministro de agua. Un día, sin embargo, amaneció tosigoso y afiebrado, lo que provocó irregularidades en la presión del agua y quemaduras de primer grado en tres usuarios que a esa hora tomaban un baño. Para calmar la tos le dieron una tisana de gordolobo y para bajar la fiebre dos pastillas azules y un baño de asiento con agua gélida que le bajó la temperatura a grado tal que se congelaron las tuberías y el pobre Agapito pasó a mejor vida convertido en un carámbano.

Todavía los técnicos hidráulicos pretendieron efectuarle un nuevo aforo con el objeto de reanimarlo pero todo fue inútil, por lo que hubo que desconectarlo de la red municipal y organizar los funerales. Éstos resultaron concurridísimos pues los vecinos, como dice el refrán, no supieron apreciar lo que tenían hasta que perdieron a Agapito.

En el velorio, el calor de los cirios y el emanado por los asistentes, derritieron el hielo y el agua empezó a escurrir de la caja mortuoria. Inútil resultó el tapón que Chendo enroscó en el cople. El agua brotó ahora por la segunda parte del nombre del difunto y ante la amenaza de inundación, el sacerdote apresuró los oficios litúrgicos para que se enterrara con prontitud el cuerpo.

La muerte no impidió la hidrogénesis. Al día siguiente del sepelio, el agua límpida saltaba con su glu glu refrescante de la tumba. A la semana, el pequeño cementerio ubicado en una hondonada había desaparecido bajo las aguas. Para el invierno las garzas clavaban su blanca interrogación en el lago.

«Un día de estos» – Salvador Gallardo Topete


Lista de composturas

mayo 14, 2012

Con motivo de salir de México a pasar una temporada, se me ocurre hacer un examen de conciencia con el objeto de determinar qué es lo que más me irrita de este país, cuyo nombre anda en boca de tanta gente demagógica y que sin embargo es mi patria, primera, única y final. La verdad es que mientras más enojado estoy con este país y más lejos viajo, más mexicano me siento.

En primer lugar debo admitir que geográficamente hablando, México no tiene peros. Hay de todo. Hay precipicios, llanuras, montañas, desiertos, bosques, ríos que se desbordan, playas, etcétera. Todo esto cobijado por un clima relativamente benigno. Sobre todo, hay dónde escoger. Si no le gusta a uno el calor, se va al frío. Si no le gusta a uno la montaña, se va al llano.

Nomás que tiene defectos. El principal de ellos es el estar poblado por mexicanos, mucho de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores.

A la mayor parte de estas características, que son responsables, en parte, de que estemos como estamos, ya no les veo compostura ni a corto ni a mediano plazo.

El mexicano es acomplejado. Este rasgo no tiene nada de inexplicable. Raro sería que no lo fuera. Una buena parte de los mexicanos vive del favor gubernamental, que es como vivir en el seno materno, que no es el lugar propicio para desarrollarse cuando tiene uno cuarenta años. Otro grupo, más numeroso, está frustrado por su ocupación: el que aprendió a hacer mecate de lechuguilla tiene que hacerla de peón de albañil; el que era bueno para la yunta, vende chiles; el que sabe hacer campechanas, maneja un taxi, y todos, absolutamente todos, sabe que el único que prospera es el que tiene dinero que es algo de lo que ellos carecen, y que por consiguiente están condenados a pasar la vida nadando y estirando el pescuezo para no ahogarse.

Por si fuera poco, el mexicano es por lo común chaparrito, gordo y prieto, o en su defecto, chaparrita, gorda y prieta, y se pasa la vida entre anuncios donde aparecen rubios, blancos y largos, que corren por la playa, manejan coches deportivos y beben cerveza. ¿No es para estar acomplejado?

El mexicano, como todos los pueblos educados bajo una ética rigurosa –hoy caída en desuso-, está convencido de que el mundo está lleno de buenos y malos. Los buenos somos nosotros y los malos los demás. El siguiente paso del razonamiento consiste en suponer que todo lo que viene de fuera puede infectarnos, o, lo que es más serio en términos mexicanos, denigrarnos. Así han nacido varios instrumentos legales profilácticos de censura, cuya función puede ser anticonstitucional, pero brota de lo más profundo del alma mexicana, que de por sí quiere meterse en lo que no le importa y borrar lo que le molesta.

El mexicano es avorazado. ¿Por qué? Probablemente por hambre atrasada. La mayoría de los mexicanos han visto tiempos peores, y la mayoría, también, espera ver tiempos todavía peores que los pasados. Esto hace que un policía parado en una esquina jugosa sea detestado por todos los automovilistas que pasan, y al mismo tiempo, envidiado por muchos.

Además de hambre atrasada, el mexicano tiene muchas burlas a cuestas. Sabe que vive en un mundo infantil, en el que el que no llora no mama. Esto lo hace forzar la entrada en la vida. Avorazado no sólo de dinero, sino de posición, finge que no ve la cola y se mete directo a la taquilla, da la vuelta donde le conviene y causa un conflicto de tránsito; si es político, da un golpe cada vez que puede, en venganza de todas las vejaciones que le hicieron antes y preparación de los desastres que puedan venir.

Avorazados son todos, no nomás los comerciantes que suben los precios por si suben los sueldos. Si es pesero, se empeña en cargar siete pasajeros, y si es peatón se empeña a subirse en un camión en el que no cabe –por si ya no pasa otro nunca jamás.

Además de avorazados los mexicanos son quejumbrosos, y peor, están satisfechos. “Ni modo”, dicen, “así nacimos”. Lo cual es mentira. Todos los defectos que he señalado podrán corregirse si no hubiera aquí “fuerzas oscuras” tratando de fomentarlos.

“Instrucciones para vivir en México”, Jorge Ibargüengoitia. 


Presentación

septiembre 11, 2011

Uno se presenta: la palabra debe venir de allí, no de pronunciar el propio nombre y escuchar el nombre del otro y estrechar una mano, no de besar una o dos mejillas o hacer una venia, sino de esos primeros minutos en que ciertas informaciones insustanciales, ciertas generalidades sin importancia, dan al otro la sensación de que nos conoce, de que ya no somos extraños. Uno habla de su nacionalidad; uno habla de su profesión, lo que hace para ganar dinero, porque la manera de ganar dinero es elocuente, nos define, nos estructura; uno habla de su familia.

Capítulo IV: “Arriba, arriba, arriba” de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel Vásquez


Plan de vida y carrera II

septiembre 11, 2011

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones. Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino. Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque no lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Capítulo IV: «Arriba, arriba, arriba» de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel Vásquez


El ruido de las cosas al caer

septiembre 11, 2011

No hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la conjetura sobre los caminos que no tomamos.

…lo que me movía no era el sentimiento ni la emoción, sino esa intuición que a veces tenemos de que algunos hechos han modelado nuestras vidas más de lo aceptado o evidente. Pero he aprendido muy bien que esas sutilezas no sirven para nada en el mundo real, y muchas veces hay que sacrificarlas, dar al otro lo que el otro quiere oír, no ponernos demasiado honestos (la honestidad es ineficaz, no llega a ninguna parte).

Recordar cansa, esto es algo que no nos enseñan, la memoria es una actividad agotadora, drena las energías y desgasta los músculos.

Fragmentos de «El ruido de las cosas al caer», Juan Gabriel Vásquez


Espíritu Comunista

septiembre 11, 2011

La adhesión al comunismo no tiene nada que ver con Marx y sus teorías; la época no hizo más que brindar a la gente la ocasión de poder satisfacer sus más diversas necesidades psicológicas: la necesidad de obedecer; o la necesidad de castigar a los malos; o la necesidad de mostrarse útil; o la necesidad de avanzar con los jóvenes hacia el porvenir; o la necesidad de formar una gran familia.

La gente abandona hoy el comunismo no porque su pensamiento haya cambiado o entrado en conflicto, sino porque el comunismo ya no brinda la ocasión de mostrarse inconformista, ni de obedecer, ni de castigar a los malos, ni de mostrarse útil, ni de avanzar con los jovenes, ni de formar una gran familia. La convicción comunista no responde ya a esa necesidad. Ha pasado a ser hasta tal punto inútil que todos la abandonan fácilmente, sin darse cuenta siquiera.

Capítulo 41 – La Ignorancia, Milan Kundera


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