¿Amor?

agosto 3, 2011

«Una mujer siempre prefiere a su hijo antes que a su marido». El sentido de la frase sólo se aclara cuando reflexionamos un rato sobre ella: decir que queremos a A más que a B no es una comparación entre dos grados de amor, sino que significa que B no es amado. Porque cuando amamos a alguien no lo podemos comparar. La persona amada no es comparable. Aunque amemos a A y a B, no podemos compararlos, porque al compararlos ya dejamos de amar a uno de ellos. Y si decimos en público que preferimos a uno de ellos y no al otro, nunca se trata de declarar ante los demás nuestro amor por A (porque en tal caso bastaría con decir simplemente «¡Amo a A!»), sino de poner en discreción pero con claridad en evidencia que B nos es por completo indiferente.

Capítulo 6 de La Casualidad.  La inmortalidad de Milan Kundera


Los caminos de la vida

agosto 1, 2011

Camino: franja de tierra por la que se va a pie. La carretera se diferencia del camino no sólo porque por ella se va en coche, sino porque no es más que una línea que une un punto con otro. La carretera no tiene sentido en sí misma; el sentido sólo lo tienen los dos puntos que une. El camino es un elogio del espacio. Cada tramo del camino tiene sentido en sí mismo y nos invita a detenernos. La carretera es la victoriosa desvalorización del espacio, que gracias a ella no es hoy más que un simple obstáculo para el movimiento humano y una pérdida de tiempo.

Antes de que los caminos desaparecieran del paisaje, desaparecieron del alma humana; el ser humano perdió el deseo de andar, de caminar con sus propias piernas y disfrutar de ello. Ya ni siquiera veía su vida como un camino, sino como una carretera: una línea que va de un punto a otro, del grado de capitán al grado de general; de la función de esposa a la función de viuda. El tiempo de la vida se convirtió para él en un simple obstáculo que hay que superar a velocidades cada vez mayores.

Capítulo 3 de La Casualidad.  La inmortalidad de Milan Kundera


Tus besos

febrero 21, 2011
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. 

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.

Capítulo 7,  Rayuela. Julio Cortázar

La teoría de los cacahuates enchilados en experiencia de Fernandez Mallo

febrero 17, 2011

… ahora me permitiréis que cuente una anécdota personal, una anécdota que ni nuestro autor, Jorge Carrión, ni nadie conoce; absolutamente nadie. Me remonto al verano de 2004, julio. A mí no me gusta viajar, mis amigos lo saben; no obstante cometí la torpeza de ir un mes a Tailandia. (Algo importante que quiero decir es que pocos días antes de partir yo había comenzado a tomar unas notas, creativas, que califiqué como raras, y que no tenía ni idea adónde me llevarían.)

A los 4 días de iniciar el viaje, hallándonos mi compañía femenina y yo en una ciudad del norte llamada Chiang Mai (dicho sea de paso, con un ambiente muy a lo Blade Runner: puestos de venta en la calle como chabolas entre altos edificios y siempre lloviendo), ese cuarto día, decía, por la noche, nos atropelló una moto mientras cruzábamos un quimérico paso de peatones. Salimos por los aires. Vimos al piloto escapar entre una de aquellas chabolas de souvenirs. Ella salió más o menos ilesa, pero yo me rompí la cadera, diagnóstico confirmado no por los médicos de allí, quienes me dijeron que no tenía nada, sino por unas cuantas llamadas telefónicas a traumatólogos de España que eran familiares o amigos. Fueron ellos quienes me aconsejaron que estuviera en estricto reposo, tumbado en el hotel, durante los 25 días que aún me quedaban en aquel país. Así las cosas, mi vida se redujo a una cama de hotel, una ventana por la que se veía la ciudad, mucho calor, mucho aire acondicionado, mucho dolor, muchas pastillas, y en torno a la cama botellas de agua, el mando a distancia de la tele y poco más. Mi chica iba y venía cada día con comida que compraba en los chiringuitos mientras yo miraba por la ventana, como en La ventana indiscreta de Hitchcock, donde Grace Kelly le trae comida y revistas a James Stewart. A mí ella no me traía revistas, porque yo, previsoramente, ya había llevado algunas para el viaje, así como algún que otro libro, esos que en casa nunca lees pero que en los viajes, con la tontería de la novedad, crees que te apetecerán. Una de las revistas que me llevé era el último número de Lateral, una publicación para la que yo de vez en cuando escribía algún artículo de divulgación, y en la que había un cuadernillo especial de «cuentos de verano». A muchos autores de esos cuentos yo no los conocía, pero cuando uno está muy lejos de su casa, y su futuro inmediato es incierto, se genera una especie de angustia que en parte es paliada por las cosas que nos son familiares como, por ejemplo, una revista que has comprado en el kiosco de tu barrio, el cual recuerdas con especial reverdor. Como imaginaréis, a falta de otra cosa que hacer, leí muchas veces aquellos cuentos de Lateral y escribí también mucho continuando con aquellas notas dispersas que traía de España y de las que os hablé al principio. Cada día, invariablemente, a las 6 o 7 de la tarde llovía, y yo leía, veía en la tele especiales de la historia del surf del canal Fox, y escribía.

Había entre todos aquellos cuentos uno de un autor a quien yo no conocía de nada, que me llamó mucho la atención, se llamaba «Brasilia es nombre de gata ciega», estaba escrito de una forma extraña, casi feísta, pero poseía cierto atractivo. En él, el autor describía cómo llegaba a Brasilia, cómo se instalaba en casa de unos amigos, como percibía la ciudad desde una ventana (o yo lo quise imaginar así), y aunque él salía y pateaba las calles, siempre describía todo como si lo viera de una ventana, con una distancia tierna y simultáneamente científica; me sentí muy identificado con aquel autor en esos momentos. Yo, junto a mi ventana, continuaba escribiendo, desarrollando aquellas notas. También en esos momentos me di cuenta de lo felices que son los enfermos, que no hacen nada. Y fue gratificante también comprobar cómo iban creciendo, tomando cuerpo, mis notas. Me quedé sin papel, escribí en esas libretitas que hay para apuntar chorradas junto a los teléfonos de los hoteles, en los márgenes de mis libros, en las servilletas, en los billetes de avión de vuelta, y finalmente en aquel mes vi que tenía en mis manos una novela, a la que por motivos que ahora no hacen al caso llamé Nocilla Dream, y que se editará muy pronto. Un 28 de julio me metieron a un avión. Muchas cosas quedaron en aquella habitación, unos bolis mordidos, una camiseta naranja de manga corta que decía «Bruce Lee, a retrospective» (eso me fastidió), la guapa sirvienta tailandesa que cada día me venía a hacer la cama y se sonrojaba, y un par de revistas, una de ellas aquel número especial de Lateral. ¿Alguna vez habéis pensado dónde van todas esas cosas que la gente se olvida en los hoteles?

Pasó el tiempo, en concreto, un año y nuevo meses, y ya en mi casa, habiendo olvidado todo aquello y totalmente recuperado, recibo un e-mail de una persona que dice ser el autor que ahora mismo tengo sentado a mi izquierda, un tal Jorge Carrión, y no tengo ni idea de cómo llega a mí. Me dice que ha editado un libro llamado La brújula, y que si lo puedo presentar hoy y aquí, en Palma. Digo que sí, y cuando me llega el libro compruebo con gran asombro que ese autor era aquel que me acompañó en mi ventana de Tailandia con su cuento «Brasilia es nombre de gata ciega», y que ese cuento, además, está contenido en ese libro, en este libro que hoy presentamos, y además que ese cuento no era un cuento, sino una experiencia muy fiel a la realidad que el autor vivió en Brasilia. Pensé entonces que el azar es fantástico y que, quizá, vivir ya de por sí sea un exceso (…)

De Motor Automático de Búsqueda, en Nocilla Lab, Agustín Fernández Mallo.


Borracheradepensamientos

febrero 2, 2011

CONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIASCONSECUENCIAS

Pobre Parménides….como le habra hecho sin copy/paste, seguramente escribirlo 30 veces en vez de hacerlo una sola y copiarlo y pegarlo, te alimenta más la idea y la importancia de las consecuencias, de esas en las que siempre nos fijamos, más que en el mero acto que las desencadena. Siempre se vive en el futuro, a la occidental, como se vive con todo lo demás, hasta el amor se occidentaliza, siempre se quiere tener más, nace de una simple sensación que te arranca suspiros y te devora por dentro ante el más mínimo indicio de que se cumpla lo esperado. Pero cuando ya está cumplido nunca puedes dar lo suficiente para seguir arrancando suspiros, y por eso las consecuencias, llega un punto en que te encuentras en el callejón sin salida, como Pinky en su pared, sabes que tomes la decisión que tomes ante determinada situación, las consecuencias no serán lo que esperas. Y ahi es cuando no sabemos decidir, siempre se mide a través de lo que pasará y en base a eso determinas lo que «conviene», no lo que sea mejor, no lo que este bien, no lo correcto, sino lo que convenga. ¿Pero si ningún camino conviene? El azar lo decide, como en realidad siempre lo decide, solo que nos sentimos lo demasiado importantes para creer que nuestras decisiones son las que guian nuestras vidas. La cuestión es como hacer verdaderamente para que el azar haga su parte sin ninguna participación externa. Quiero simplemente fluir, como si fueran ideas, como si fuera una borrachera de pensamientos….


?

enero 27, 2011

Cuando cualquier encuentro verbal termina en pregunta, significa que no hay un resultado equilibrado, alguien se sale con la suya momentaneamente. Ya sea que la interrogante se quede volando en el aire o que el interrogado no tenga respuesta inmediata, en cualquiera de los dos casos, alguien ofrece su derrota intelectual. Porque siempre se queda la duda que carcome el posible significado, que se transforma en interpretación y que modela la vida entera. Y aunque sea muy sencillo de intuir el problema, es muy dificil de erradicar la duda.

EGO = hacer tuyo un problema ajeno


Conexión universal

enero 26, 2011

…hay objetos, cosas, que actúan de polo magnético para otras lejanas de manera que las dotan de sentido, lo decía Italo Calvino: hay que tener mucho cuidado con los objetos que se introducen en un texto porque acentúan de polo magnético en la narración, atraen el argumento, se vuelven objetivos potenciales de nuestra atención, en la vida pasa lo mismo, como, por ejemplo, cuando vas a un país y una rama de un árbol te recuerda a otra de un lugar muy lejano, o cuando miras detenidamente los poros de la piel de un sudanés que va frente a ti en el bus y te parecen idénticos a los de un esquimal que te pasó la sal en la espaguetería de San Francisco, porque al final todo, humanos incluidos, está hecho de electrones, de quarks, de amorales fuerzas que nos mantienen unidos, y nada mas…

De Motor Automático de Búsqueda, en Nocilla Lab, Agustín Fernández Mallo.


Un cubo bien formado

enero 25, 2011

¿En qué momento nos encontramos ante nosotros dentro del cubo imaginario? Ese que nos aprisiona y limita nuestras capacidades. En vez de intentar irlo adelgazando, solo le agregamos más capas para quedar encerrados. Mientras alguien externo «calificado» no llegué a enseñarnos que hay una pequeña rendija por donde salir, no hay manera que nosotros la veamos…

Genesis – In the cage


Prácticas del Racionalismo

enero 24, 2011

Cuando el racionalismo entrá al organismo como una serie de procesos automáticos, y se está convencido de ello, la vuelta atrás es ilusoria. El hombre devora el mecanicismo traducido a rutina, le encanta disfrazar el comfort de las máquinas en espejismos de trabajos profesionales.

Se olvida del objetivo general mientras no sea sacudido fuertemente, y su cabeza empieza a funcionar cuando el temblor se aproxima, extrañamente, buscando maneras de aferrarse a lo mismo aunque el entorno esté indicando el error garrafal del sometimiento.

El cero esfuerzo es la bandera de toda una nueva generación destinada a obtener potencialmente todo en segundos menos el conocimiento de si mismos, dispuestos a defender cualquier idea impuesta y a posponer cualquier idea propia, a hacer revoluciones en nombre de otros pero no ser capaces de dar poco en nombre de todos.


Religión

enero 10, 2011

Las religiones se convierten en trampas desde el momento en que son límites. La divinidad no tiene nombre ni nacionalidad, y es para todos. La religión viene a establecer parcelas en la realidad mística y, al final, sientes lo límites de cada religión y éstas se convierten en trampas. Por otro lado, los libros sagrados llevan siglos siendo interpretados de forma aberrante por monjes para quienes la mujer es el demonio, y acaban infectando los textos santos con sus interpretaciones desvidas; luego esto pasa a las escuelas, la política, la sociedad… y acaba creando agobio. La religión que debería ser la panacea universal, se convierte en el veneno universal: todas las religiones.

Ver apariciones de la Virgen no me interesa. No me prueba nada. Ver a una muchachita transparente que me sonríe subida a un árbol es para mí lo mismo que ver a un gorila subido a un árbol. Es tan curioso como eso: no te sirve para nada. Se producen porque la gente anhela que existan, se trata de una alucinación colectiva. Son sueños colectivos.

“Visiones” De Lecciones para mutantes, en Psicomagia, Alejandro Jodorowsky.


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