«En rigor, todo intento de lectura es un evidente acto de autoayuda. Del instructivo de la televisión a las primeras líneas de la novela, lee uno con la ilusión de percibirse algo menos salvaje que la noche anterior. ¿Cuántos no hemos pasado nuestras horas más negras aferrados a un trozo de papel que devuelve el sentido a los absurdos y constela los muros subterráneos de ventanas abiertas al infinito? Si no recuerdo mal, huecos providenciales como aquellos los abrió, a lo ancho de cierta noche sin estrellas, La inmortalidad, de Milan Kundera. Me recuerdo besando la portada cada vez que hacía un alto en la lectura, de manera que aún hoy pienso en esa novela como un manual de náufragos.»
Símbolos inequívocos de autoayuda y de agarrarte con las uñas para seguir creyendo en que algo o alguien te salva. Cuando en un libro me reflejo en el punto exacto de mi actual situación, llamo corriendo al destino, casualidad, providencia, esloquetienequepasar, o como quiera que se llame. La importancia está en que ese símil me empuja a entender que siempre hay algo gigantesco moviéndose a expensas mías, que perpetra e incide con violencia en cualquier posible signo de autonomía (y no queda «más que aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe»).
El libro que durante 300 hojas no dice nada pero en 30 páginas leídas en los días adecuados me comprende más que mi propia conciencia, la canción que salta de un anuncio de internet directa a la cabeza y semanas después, en el momento correcto me canta sólo a mí, la persona que llega pidiendo ayuda y al final me termina reinyectando vida, el calendario que me recuerda que ya no es el 2012, por más que sea idéntico…
Yo manejo la carroza.
Escrito por puntorandom